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K-19, The Widowmaker o la caída del Muro de Berlín vista a través de binoculares desenfocados

7 min de lectura

Este fin de semana he visto K-19, The Widowmaker, de Kathryn Bigelow, primer film de ficción producido por The National Geographic. Por alguna razón que ya no recuerdo, en su momento, consideré no verla.

Acaso por culpa de alguna mala crítica (aún le hago caso a ciertos críticos de cine, pero cada día es menos). Y ahora me arrepiento, pues me ha parecido un peliculón (también vi su última producción, The Hurt Locker, pero la dejo para un próximo post).

K-19, The Widowmaker, la historia real

La cinta cuenta la historia del K-19, primer submarino nuclear soviético armado con misiles balísticos, concebido como el arma de guerra definitiva. Pero fue construido con la mayor de las chapuzas. Tenía goteras, instrumentos que daban lecturas erróneas (cuando las daban), operadores alcohólicos y llaves que se desprendían de sus tubos.

La mitad de su tripulación no tenía la menor idea de qué hacer. Tal era la inoperancia y el desorden, que el K-19 había cobrado la vida de varios hombres antes de salir del dique seco. Y sin que su construcción hubiera terminado.

Por eso lo apodaron Hiroshima, en alusión a la mortandad causada por la bomba atómica que los aliados arrojaron sobre la ciudad japonesa. Aunque este apodo en la película fue cambiado por el de “Hacedor de Viudas” (The Widowmaker).

A pesar de todo, y como solía suceder en los países del Bloque Socialista, el K-19, The Widowmaker fue apresuradamente botado a las aguas para complacer a los burócratas militares y políticos de turno, enfrascados en una letal y absurda competencia armamentista contra los Estados Unidos.

Lo cierto es que, por las precarias condiciones en la que fue botado, era muy probable que la nave sufriera un accidente de algún tipo. Y lo sufrió. Un accidente que por algunas horas puso al mundo al borde del holocausto termonuclear. Pero del que sólo tendríamos noticias muchos años después, cuando cayó el Muro de Berlín, un día como hoy de hace 20 años.

K-19, The Widowmaker, la metáfora

Creo que el drama del K-19, The Widowmaker podría tomarse como una suerte de metáfora de lo que ocurrió con el sistema entero. Lejos de quienes piensan que se trató de un triunfo de las políticas de Ronald Reagan —conservadores y derechistas aún suelen decir que fue el hombre que ganó la Guerra Fría—, creo que las causas fueron internas.

Paralizado por la inoperancia y la chapucería de sus burócratas, la vanidad y la intransigencia de sus dirigentes políticos, y la falta de motivación de sus profesionales y del ciudadano común. El sistema se fue hipertrofiando hasta perder toda capacidad de movimiento.

Y finalmente, implosionó.

Chapucerías tras el muro

Yo trabaja entonces en un diario y desde allí todos pudimos seguir de cerca, casi que minuto a minuto, por medio de los cables que vomitaban las agencias de noticias de través de los teletipos. Poco después del derrumbe, visité Alemania y en Berlín le di unos cuantos martillazos a los restos del muro. Aún conservo algunas de sus piedras.



Ya entonces, pocos meses después, había buhoneros y mendigos de los países del Este. El capitalismo comenzaba a mostrarles esa cara, dura y feroz, que siempre ocultó la propaganda.

En ese viaje supe los primeros chistes sobre la pésima calidad de los productos que se fabricaban tras La Cortina de Hierro. Uno de los blancos preferidos de los alemanes occidentales era el automóvil Trabant, que cariñosamente apodaban Trabbi. Fabricado en la RDA, con carrocería de resina y motor de dos cilindros a dos tiempos, de él se solía decir, quizás injustamente, que su precio variaba según la cantidad de gasolina en su tanque.

Claro, esto lo decían los orgullosos habitantes de la RFA, una nación que fabricaba el Mercedez, el BMW e, incluso, el Volkswagen.

Ese mismo año viajé a Cuba para estudiar cine. Los bolos, como jocosamente le decían los cubanos a losrusos, comenzaban a abandonar el país. Y a la isla llegaban cientos de periodistas con la vana esperanza de ser testigos de una Primavera Cubana que, dos décadas después, sigue sin llegar.

En Cuba comencé a experimentar lo que acaso sentían, en mayor medida claro está y sin punto de comparación, los tripulantes del K-19. Los aparatos eléctricos que los bolos habían llevado a la isla, eran poco menos que trastos inservibles.

Inventario de la inoperancia tecnológica socialista

Las lavadoras te dejaban la ropa hecha jirones (un amigo brasileño llamaba a la suya La Krúpskaya, en honor a la esposa de Lenin). Los aparatos de aire acondicionado no enfriaban y las calefacciones no calentaban. Tampoco era mucho problema para los cubanos. Les bastaba usar el aire acondicionado en invierno y la calefacción en verano.

Los automóviles Lada rodaban unos cuantos meses antes de descomponerse quizás para siempre. El mismo amigo brasileño había bautizado Alicia Alonso al suyo, porque cada vez que pisaba el freno, el automóvil describía una serie de suaves y graciosas curvas antes de detenerse por completo, lo que a él le recordaba a la legendaria ballena cubana.

Los televisores tenían los colores cambiados. Y de no ser por Radio Reloj, los cubanos habrían llegado (más) tarde a todos lados, si se hubieran confiado a los siempre atrasados relojes moscovitas.

Tampoco enfriaban las neveras, pero se desbordaban de escarcha. Los bolos resolvían este problema, vendiendo el aparato con un ventilador adicional que el usuario debía meter, encendido, dentro del congelador, para deshielarlo.

Los cubanos, por supuesto, usaban el ventilador para refrescarse ellos. La nevera, pues, mientras más escarcha, mejor.

Peladores de papa y chatarra militar soviética en Cuba

Acerca de la mala calidad de los trastos soviéticos, los cubanos tenían un chiste sobre una competencia de máquinas para pelar papas que, lastimosamente, he olvidado. Sólo recuerdo que el pelador de papas soviético tenía un cubano dentro (dentro del pelador, no del soviético) que hacía todo el trabajo.

Y una vez, un amigo cubano, sargento de infantería, me contó cómo durante un ejercicio militar conjunto, a un general bolo casi le da un ataque al comprobar que los binoculares no hacían foco. Y que a través de los sistemas de visión nocturna de los tanques no se veía nada. Tanto los binoculares como los sistemas de visión nocturna, desde luego, habían sido fabricados por los bolos.

Claro, no todo eran trastos inservibles. Por ejemplo, había cámaras fotográficas que nada tenían que envidiarle a sus pares capitalistas. Yo aún conservo un modelo como el que aparece en la escena del Ártico en K-19, The Widowmaker. Aunque creo que era fabricada en la RDA.

Si así eran los aparatos que había en Cuba, daba terror imaginarse lo que podía ser la Unión Soviética y el Bloque Socialista en pleno. Como supimos después de la caída del Muro de Berlín, puede que pocas cosas funcionaran bien allá dentro.

O que quizás, sencillamente, funcionaran. Chernóbil, el K-19, The Widowmaker y hasta la propia desaparición del sistema, quizá sean prueba de ello.

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