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Suicide Squad, fin de la narrativa cinematográfica

 La de Suicide Squad no es una tendencia nueva.

De hecho, ya tiene gestándose hace unos cuantos años. Michael Bay y Zack Snyder son sus dos máximos exponentes. El primero la creó, el segundo la refinó. La enorme taquilla de Suicide Squad en su fin de semana de estreno parece ser el signo más evidente de que, finalmente, se ha impuesto en el gusto del público.

Bienvenidos a la era del cine no narrativo, a la era del collage audiovisual vaciado de todo significado y propósito. Les presentamos la tendencia del cine “ambiental”. Como esa musiquilla que se escucha en los ascensores y los lobbies de los hoteles.

Sólo que más ruidosas.

Es un producto derivado directamente de la publicidad y el video musical. Sus dos principales exponentes, Bay y Snyder —quien fuera el encargado de dirigir el diseño del universo cinematográfico de DC, del que Suicide Squad forma parte—, iniciaron sus respectivas carreras en ese mundo. Sin embargo, uno puede sino suponer que aquellos comerciales tendrían más sentido que sus cintas más recientes.

Harley Queen, lo mejor de Suicide Squad

Harley Queen, lo mejor de Suicide Squad

Suicide Squad: experiencia sensorial no narrativa

No se trata de que sean malos cineastas. Ni de que su cine sea mediocre. No. Estas películas son productos concienzudamente diseñados para las nuevas audiencias que acuden al cine, no a ver películas, sino a vivir una experiencia sensorial. Un embotamiento de los sentidos por medio del montaje trepidante, el sonido y la música atronadores y las imágenes enceguecedoras. El cine entendido como atracción mecánica de parque de diversiones. O como sedante.

Las tramas narrativas de Man of Steel, Batman v Superman: Dawn of Justice y Suicide Squad están diseñadas para que ese espectador pueda chequear cada 30 segundos la pantalla de su teléfono móvil. Y sin perderse ningún detalle importante de la trama. La trama, de hecho, no contiene ningún detalle importante. Son películas lo suficientemente reiterativas y fragmentadas para que el crítico-blogger, presente en la sala, pueda escribir y enviar sus tuits sobre lo que ve. En tiempo real. Y sin necesidad de concentrarse demasiado en la historia.

Pornografía de la destrucción

Quizás esta anécdota de Steven Soderberg ilustre mejor la clase de espectador al que están dirigidas películas como Suicide Squad:

Hace unos meses yo estaba en este vuelo Jet Blue de Nueva York a Burbank (…) Pagué el extra de $ 60 para conseguir más espacio para estirar mis piernas, así que estoy tratando de ponerme cómodo mientras el avión toma altitud. Y hay un tipo en el otro lado del pasillo frente a mí que saca su iPad y comienza a buscar cosas. Tengo curiosidad por lo que verá —es un tipo blanco de unos 30 años de edad. Y empiezo a darme cuenta de lo que está haciendo: ha cargado en su tableta media docena de extravagancias de acción y está mirando cada una de las secuencias de acción. Es decir, pasa por alto todo el diálogo y la narración. El vuelo de este hombre van a ser 5 horas y media de pornografía de la destrucción y el caos.

O, dicho de otra forma, películas en fast forward…

Y es que la historia en estas películas no necesita ir para ningún lado. La continuidad en los acontecimientos que la componen es innecesaria. No existe una relación lógica (ni ilógica) entre las motivaciones de los personajes, sus acciones y las consecuencias de sus actos. ¿Para qué, si igual el espectador no está poniendo atención? La trama es apenas eso que permite concadenar una escena tras otra. Es eso que mantiene juntas las imágenes que se suceden entre los títulos de inicio y los créditos finales.

The Joker en Suicide Squad

Infernal como el Guasón

Desarrollo infernal

Algunos medios han supuesto que estas películas incoherentes, cuya trama avanza a trompicones, dando bandazos, son el resultado de lo que en el argot hollywoodense se conoce como development hell: un desarrollo del proyecto infernal, con un montón de ejecutivos metiendo la cuchara en la película, incesantes reescrituras de guión y refilmaciones.

Pero como la versión ultimate de Batman v Superman parece demostrarlo, la cinta fue concebida así desde un principio. A pesar de la reedición y el material adicional, la nueva versión sigue siendo casi idéntica a la que se proyectó en las salas. O, al menos, sin una concienzuda comparación, resulta difícil diferenciarlas.

A mí no me cabe la menor duda de que los ejecutivos buscan este resultado ex profeso. De lo contrario, cómo se explica que Warner Bros. le haya encargado el montaje final de Suicide Squad a Trailer Park —una empresa dedicada exclusivamente a editar teasers y trailers— y no a otro director.

Mega trailer

La única explicación posible es que las películas de esta nueva tendencia funcionan no sólo como continuación de las entregas anteriores de la franquicia, sino como avances de las futuras entregas. Un mega trailer de dos horas. Por eso, el montaje final luce como una lista de reproducción que mezcla escenas ya vistas hasta el hartazgo (¿cuántas veces tienen que morir los padres de Bruce Wayne para que quede claro que el muchacho es huérfano?) con avances de los capítulos próximos a estrenarse, introducidos como sueños, cameos o flash fowards.

Hace años, un amigo mozambicano me contó cómo en los cines de su país pasaban las copias de las películas hasta que literalmente se hacían pedazos. Entonces, el proyeccionista procedía a empatar los fragmentos en buen estado sin ton ni son. Y proyectaba el resultado. El público veía aquellos montajes y parecía no causarles la menor extrañeza cuando un número musical bollywoodense culminaba en un enfrentamiento a puñetazos y puntapies en algún templo shaolin.

Yo no estoy muy seguro de que aquellos collages improvisados mozambicanos sean más incoherentes que cintas como Suicide Squad.

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