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Arte, sexo, violencia e infancia, una breve reseña sobre la censura (I)

¿Se han preguntado de dónde viene la idea de que una obra de arte, o del entretenimiento, puede incidir negativamente en la conducta humana? ¿No? Bueno, vayan a prepararse su bebida favorita porque la respuesta va a ser larga. No, no la pienso publicar toda hoy, para darle un poquito de suspense al asunto.

Pero para engancharlos, les adelantaré que tiene todos los ingredientes inherentes a toda buena historia: asesinos y muertes, escándalos y periodistas sensacionalistas, gentes de clases altas e individuos de la peor calaña, políticos santurrones y cruzados contra el crimen, súper héroes, psicópatas, psiquiatras, orgías, sacerdotes católicos…

Antecedentes: de la manzana de Adán al negocio del cine

Puestos a trazar el origen de tal idea, quizás debamos remontarnos al libro de Génesis mismo, en el Viejo Testamento, cuando en lo que acaso sea la gran primera acción de censura conocida en la historia del cristianismo, a Adán y a Eva se les prohibe comer el fruto del árbol del bien y el mal, el árbol del entendimiento.

Estoy seguro de que todos saben cómo se desarrolla y cómo termina el cuento, de modo pues que voy a saltarme unos cuantos párrafos, y como este es un blog de cine, no de teología (aunque esta discusión tendrá mucho de religiosa), voy a ir directo al grano, al tema que nos interesa: la justificación de la censura de toda obra de arte (o del entretenimiento) para evitar su (supuesta) nociva influencia en la juventud (principalmente).

Remontémonos entonces a la génesis del ate cinematográfico, a principios del siglo XX.

En 1913, el gobierno estatal de Ohio (EE.UU), constituyó una comisión de censura encargada de revisar y aprobar las películas que serían exhibidas en el estado. Los distribuidores y exhibidores debían también pagar porque sus films fuesen aprobados (o, en todo caso, revisados). De paso, el comité tenía la potestad de ordenar la detención de todo aquel que exhibiese alguna película no censurada previamente.

Pronto, una distribuidora cinematográfica, la Mutual Film Corporation recurrió la decisión por vías legales. Aquel comité no sólo atentaba contra la libertad de expresión protegida por la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense, sino que además violaba varias cláusulas de comercio. El caso llegó hasta la Corte Suprema y en 1915 se dio a conocer el veredicto: que la exhibición de películas era simple y llanamente, un negocio y que por lo tanto, no estaba protegido por la Primera Enmienda.

En el texto de aquella decisión judicial, ya se hacia ver que las películas podían ser usadas con fines malignos y que por tal motivo, no podía desestimarse la aplicación de su censura previa.

La decisión judicial abonaría el terreno para lo que vino después

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