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Premios Goya 2010, la gala de la reconciliación

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Me da la impresión de que la entrega de los Goya de ayer marcará un antes y un después en el cine español. No sólo porque hayan sido los más vistos de la historia, sino por el cambio que representan. Y gran parte de este cambio se le debe al presidente de la Academia española, el realizador Alex de la Iglesia.

De la Iglesia parece haber tomado el toro por los cuernos y está trabajando por la conciliación y reconciliación de España con su cine. Sin temor, se está enfrentando al viejo prejuicio —lugar común— que parece sembrado en la psique de los espectadores ibérico, de que no hay película española buena. Para de la Iglesia no sólo sí hay películas españolas buenas, sino que además, existe una saludable industria, generadora de empleos y que ha tenido un año excelente en cuanto a taquilla. Mientras voces agoreras en Internet vaticinan el fin del modelo de negocios cinematográfico tradicional y las descargas de películas gratis proliferan, el cine español, según cuenta el presidente de la Academia Española, ha tenido uno de sus mejores años.

Su discurso anoche fue significativo:

Tenemos que ser humildes, estar agradecidos y pedir perdón por haber fallado muchas veces. Nunca reconocemos nuestros errores. Nos miramos al ombligo, nos encanta nuestro ombligo. Tenemos pósters de nuestro ombligo en casa, cuadros de ombligos llenando nuestras paredes. Creemos que somos artistas, genios alternativos, creadores. Antes de todo eso, somos trabajadores. Nos pagan por hacer un trabajo, y hay que hacerlo bien. Este año ha sido uno de los mejores, pero el siguiente tiene que ser todavía mejor. Los primeros que tenemos que arrimar el hombro somos nosotros. Yo ruedo mañana, así que no me quedo a los canapés.

Y aquí viene el meollo de la cuestión, porque hay mucha gente que no puede rodar, que no puede trabajar. No tiene esa suerte. No sólo hablo de directores, o productores que no encuentran medios de financión. No hablo de distribuidores que luchan por colocar nuestras películas en las pantallas, o exhibidores que ven cómo desaparecen sus salas. Hablo de miles de familias que no tienen glamour y no salen en las revistas; que no han estado ni estarán nunca en los Goya. Gente que se dedica al montaje, al sonido, maquilladores, eléctricos, sonidistas, actores de reparto, figurantes, empresas de catering, gente que vive de esto, que genera riqueza.

Estamos aquí para que esta gala sea divertida, promocionar las películas, y que la gente vaya al cine. Pero el asunto es más serio de lo que parece. Necesitamos fortalecer la industria, y así poder hacer mejores películas. Hacer todo tipo de cine, tanto grande como pequeño. Contar todo tipo de historias, comernos la cabeza para hacerlo con los medios que tenemos y competir con Hollywood. ¿Saben ustedes lo increíblemente difícil que es sobrevivir tanto sólo una semana en cartelera? Algunos de los que compiten aquí han conseguido el milagro de ser número uno en taquilla. Creo que se merecen un aplauso.

Su labor de conciliación y reconciliación comenzó por casa y anoche mostró uno de sus primeros resultados: la vuelta al redil de la Academia, del hijo pródigo Pedro Almodóvar, después de una prolongada ausencia. El realizador manchego entregó el premio de la mejor película, que recayó en Celda 211 de Daniel Monzón, el film más premiado de la noche.

confrontaciones gremiales internas y, en general, mala imagen de cara a la prensa.

Para enterarse de los detalles de la ceremonia de anoche, creo que la mejor fuente es el dossier que ha preparado El País de España. Finalmente, desde aquí felicitamos a Mateo Gil, coautor junto a Alejandro Amenábar del guión de Ágora, por su premio. ¡Enhorabuena!

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