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Top Ten: 10 sacerdotes con los hábitos bien puestos

El Día de la Bestia, de Alex de la Iglesia
6 min de lectura

Ciertamente, no las ha tenido todas consigo la Iglesa católica los últimos meses por el comportamiento de sus sacerdotes.

Primero, las desafortunadas declaraciones contra el uso del preservativo del papa Benedicto XVI en su gira africana, un continente diezmado por el VIH, recibieron fuertes y fundamentadas críticas. Después, fue notoria la gélida recepción que el monarca religioso recibió en Israel, por la revocación de la excomunión del sacerdote negacionista Richard Williamson, y otros tres sacerdotes lefebvrianos cismáticos.

Por esos mismos días, pero de este lado del charco, la sagrada institución también merecía unos cuantos titulares cuando el presidente Paraguayo y ex obispo católico, Fernando Lugo, se reveló tan prolífico como uno de esos viejos patriarcas del Viejo Testamento, de esos que en en el Libro del Genésis, engendran muchachos de nombres raros sin parar, incansablemente, versículo tras versículo.

Mientras la prensa estaba ocupada en contar la numerosa prole del paraguayo, en Miami, las revistas del corazón publicaban las fotos de la mano del padre Alberto Cutié hurgando el bikini de la guatemalteca Ruhama Buni Canellis. Hasta entonces, Cutié era una casta celebridad que hacía suspirar a millones de beatas televidentes, subscriptoras de cable, en todo el continente. Cutié pronto colgó los hábitos, pasándose a la Iglesia Episcopal y, en el interín, se caso con la portadora del bikini, rompiéndole así el corazón a sus cristianas seguidoras, a sus superiores eclesiásticos y al productor de su programa de TV.

Visto todo lo anterior, y lo que sospecho pronto habrá de venir, ¿no es acaso un buen momento para publicar una lista sobre el tema? ¿Qué les parece un Top Ten de sacerdotes de cine?

El Día de la Bestia, de Alex de la Iglesia.

De la lista, el Cura, como simplemente se le conoce en la película, es mi sacerdote de cine preferido. Bravo, valiente y embraguetado, sale a las calles a pecar. Acompañado de un mentalista y un metalero, su misión es atraer al mismísimo Belcebú y enfrentarlo, para así evitar el nacimiento de la Bestia y detener el Armagedón en marcha. Ahora que lo pienso, la misión de este padrecito bravío es, nada menos y nada más que, practicarle un aborto a la novia de Satanás. Menudo sacrilegio…

El Padrecito, de Miguel M. Delgado.

Mario Moreno, Cantinflas, interpreta a un joven sacerdote que debe vencer la resistencia de los feligreses del pueblo al que ha sido enviado para sustituir al viejo cura. Desde luego, un sacerdote es un personaje más que ideal para un derroche de la garrulería que caracterizaba el humor del mexicano. Para muestra, un botón.

Manuel, de Alfredo Anzola.

Manuel, el cura de Anzola, es el sacerdote prototípico de aquellos nuevos religiosos de finales de los 70 y los 80 (y a los que conozco bien, porque más de uno me dio clases en bachillerato). Socialista. Seguidor del la Teología de la Liberación. Fuma. Bebe cerveza. Recita los poemas de Ernesto Cardenal desnudo (él, no Cardenal, por Dios), al son del bongó. En su momento, la exhibición de esta película fue prohibida en nuestro país. Creo que el veto sigue vigente. Y no sé por qué, pues ahora es el momento de su distribución. En función doble con El último tango en París. Por favor

El Exorcista, de William Friedkin.

El padre Karras, un joven sacerdote católico y psiquiatra en plena crisis de fe, debe sacarle los demonios a punta de agua bendita a una niña de doce años. Cosas aterrorizantes y asquerosas ocurren a continuación. Pero el valeroso Karras no se amilana ante vómitos verdes, habladurías demoníacas y cabezas retorcidas. Sigue siendo la película más aterradora de la historia del cine. En mi humilde opinión. Además, de barata. Básicamente, dos personajes en una habitación. Unos cuantos litros de agua bendita. Yómitos falsos. Dicen que está basada en un caso real ocurrido en Uruguay. No me extrañaría nada, ya que allá suelen pasar este tipo de cosas. Sobretodo en verano. Y después de la décima copa de cortado. Mención especial para Max Von Sidow en el papel del padre Merrin. Creo que Von Sidow nació para interpretar curas católicos en la gran pantalla. Qué bien le queda una sotana.

El Nombre de la Rosa, de Jean-Jaques Annaud.

Sean Connery da vida a un inteligente, culto y observador monje franciscano, Guillermo de Baskerville, encargado de investigar una serie de misteriosos crímenes ocurridos en una abadía de la Santa Inquisición. Baskerville es una especie de James Bond de la teología que debe enfrentar a uno de los mayores villanos de la historia: la censura de la libertad de pensamiento. Le acompaña el benedictino Adso de Melk, interpretado por Christian Slater, y a quien debemos una mención especial por su ardiente escena de amor con una sierva. Sí, una de las mejores escenas de sexo jamás filmadas.

Diario de un Cura Rural, de Robert Bresson.

De todas, quizás esta película sea la única obra maestra en la lista. Se trata del sobrio pero soberbio retrato existencial de un joven sacerdote que lucha por edificar su magisterio en un pueblo provinciano.

Padre Brown, de Robert Hamer.

El genial Alec Guiness encarna a la más famosa creación de G.K. Chesterton, el padre Brown. Como Guillermo de Basketville, Brown también alterna su ejercicio sacerdotal con la investigación criminal. Con lo que no sólo hace cumplir la ley, sino que además salva el alma de sus feligreses descarriados.

El crimen del padre Amaro, de Carlos Carrera.

Otra vez la historia de un joven sacerdote, recién ordenado, que es enviado a un pueblo perdido de la provincia y allí encuentra su perdición. Pero aquí, son las turgentes formas y deliciosas concavidades de una menor de edad lo que hace flaquear la fe del santo varón. Para colmo, el pobre padre debe lidiar con un colega que ha tomado, literalmente, las armas y otro que ha pactado con el Narco del pueblo.

Cuatro bodas y un funeral Mike Newell.

Acepto que en esta película el sacerdote es más bien una figura casi accesoria. Pero a Rowan Atkinson, el famoso Mr. Bean, le basta una sola y breve escena para componer un inolvidable sacerdote primerizo, nervioso y tartamudo.

Stigmata, de Rupert Wainwright.

No es una película particularmente memorable, pero figura en la lista por obra y gracia de Gabriel Byrne, quien interpreta al atormentado padre Andrew Kiernan. Su trabajo consiste en investigar los fenómenos paranormales que a veces se suscitan en torno a la escatología católica. Como las vírgenes sangrantes o los estigmas.

Eso es todo por este lado. ¿Se les ocurre alguno más?

La paz sea con vosotros…

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