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Carlos, de Olivier Assayas, una reseña

Edgar Ramírez

Póster de Carlos de Olivier Assayas
Póster de Carlos, de Olivier Assayas
Vicente Ulive-Schnell es venezolano, escritor y cineasta, y reside en París. Ya ha visto Carlos, de Olivier Assayas, la biografía cinematográfica y televisiva (sí, seguimos con el tema de las teleseries) de Ilich Ramírez, mejor conocido internacionalmente como Carlos. A continuación, su reseña sobre el filme:

“Carlos” de Olivier Assayas: un “superfilm”, de guerrillero a mercenario

Una de las películas más esperadas en Francia este año es sin duda la cinta de Olivier Assayas, “Carlos”, que intenta dar vida a la historia del terrorista venezolano. Dirigida por el respetado y discreto cineasta galo que ha producido algunas joyas recientes como “Clean” (2004) y “Boarding Gate” (2007) y protagonizada por el venezolano Edgar Ramírez, “Carlos” fue precedida de una agresiva campaña publicitaria que seguramente dará los resultados esperados en taquilla.

Ahora bien, a pesar de todos los aspectos positivos que podemos encontrar en la película, el trabajo de Assayas peca de los mismos errores de muchos biopics recientes: la pérdida de la línea narrativa dentro de la vida de un personaje tan fascinante y contradictorio que el propio director parece querer filmar hasta el más mínimo detalle. Error de edición o cameraman gatillo alegre, “Carlos” se presenta como una serie de televisión y/o una película de 3 horas. Esto estaría bien si fuese la primera vez en años que se le ofrece al espectador esta propuesta, pero después del “Ché” de Soderberg, con sus dos partes y sus “proyecciones especiales” en ciertos teatros de las más de cinco horas seguidas, se hubiese esperado que Assayas pensara mejor cómo presentar su trabajo.

El propio Assayas describe el proyecto como un “superfilm”, una película que no se adscribe al formato televisivo o cinematográfico sino que “cuestiona las fronteras del cine” (revista Trois, mayo de 2010). “Carlos” nace de una apuesta de Canal+ de dar rienda libre al director, lo cual le permitió imponer criterios imposibles dentro del cine convencional: rodar sin una estrella de renombre, en lengua extranjera y de duración excesiva.

Entonces, después de haber aclarado esto, vale la pena hablar de los méritos y las limitaciones de la cinta. Todos estos son un subproducto de la escogencia de rodar un “superfilm” de la parte de Assayas. Resulta que la película se balancea entre la estética y la narrativa del telefilm y el cine, a veces de manera violenta y forzada. Para empezar, el etalonaje de los colores y la escogencia de una imagen lavada/sobreexpuesta parece responder a las necesidades del telefilm más que al cine, por lo cual el espectador acostumbrado al ambiente sombrío desarrollado por Assayas en “Clean” se sorprenderá. Sin embargo, cuando la película flexiona sus músculos de superproducción cinematográfica, como en todas las reproducciones de las ciudades y países de la época: Damasco, Beirut, Argelia, París, etc., el resultado es totalmente convincente. Decenas de extras, automóviles de la época, cigarrillos; Assayas trabajó meticulosamente todos los detalles, lo cual se erige en uno de los puntos más favorables de la película.

Edgar Ramírez es Ilich Ramírez, 'Carlos'
Sin duda, la revelación de la película y su aspecto más glorioso se resume en dos palabras: Edgar Ramírez. Impresionante. Brutal. Crudo y creíble

Es por esto que el trabajo decepciona cuando vira furiosamente hacia las técnicas del telefilm en medio de una puesta en escena magistral. ¿Tiene otra explicación el hecho de que todas, absolutamente todas las transiciones entre escena y escena, se realicen con fundido a negro? Y me permito una digresión personal: ¿Puede haber algo más aburrido y poco creativo que el fundido a negro, seguido de un fade-in en la próxima escena? Esto responde evidentemente a una necesidad televisual, un cariñito a Canal+ para que puedan insertar propagandas donde mejor les plazca. Sin embargo, cuando el espectador asiste al cine espera ver algo más que una serie proyectada en la gran pantalla.

Este va-et-viens entre televisión y cine resulta catastrófico en otras partes de la película, sobre todo en lo que respecta a las decisiones de edición y ritmo. Si bien es cierto que las series televisivas se caracterizan por una aceleración de la trama, un apogeo y una resolución que nos conducirá hacia el capítulo siguiente, hacer esto en una película varias veces, parece ser una idea malísima, si tomamos “Carlos” como referencia. La cinta empieza de manera explosiva, imponiendo un ritmo frenético que nos mantiene pegados al asiento, de hecho, no ha pasado ni media hora de largometraje y ya estamos siguiendo a Carlos en el famoso secuestro a la OPEP. Acá veremos asesinatos, sangre, acción… Y luego pasaremos dos horas y media viendo a Carlos filosofar sobre el imperialismo, beber y comer, todo a ritmo de caracol escargot francés.

Sin embargo, se puede creer que estamos siendo demasiado injustos o severos con la película. Es verdad: personalmente, la ocasión desperdiciada me duele más que la película mala desde el principio. Porque “Carlos” tenía todo para ser una película memorable. “Carlos” podía haber sido la película del año. Han sido las pequeñas cosas, la idea estrafalaria de hacer un “superfilm”, la edición de serie de televisión, las transiciones dignas de 24 con Kiefer Sutherland, lo que opaca los elementos más geniales de la cinta.

Sin duda, la revelación de la película y su aspecto más glorioso se resume en dos palabras: Edgar Ramírez. Impresionante. Brutal. Crudo y creíble. Si no fuera por el trabajo del venezolano, esta cinta iría directo a la sección straight-to-DVD, de películas sin distribución. No digo esto como apologista de Ramírez, soy de los que, después de haberlo visto en 3 o 4 películas, todavía no lo había visto actuar. Ya fuese con su interpretación “no puedo creer que esté en esta película” de la serie Bourne, su caricatura malandra-risible a lo DJ 13 en Domino, o el peor Cyrano en la historia de la obra, admito que el nombre de Ramírez no me inspiraba para nada confianza (ni hablamos de cuando se le ocurrió hacer Venezzia).

En cambio, en “Carlos”, Edgar Ramírez *es* la película. Aparte de un trabajo físico remarcable que lo lleva a engordar, adelgazar y cambiar de apariencia a lo largo de su interpretación, el venezolano convence, se muestra carismático y nos lleva de la mano en la transformación del personaje de un “guerrillero” a un vulgar mercenario.

Este último aspecto es el otro gran logro positivo del trabajo de Assayas. El director francés se esfuerza en interrogar el ethos de su protagonista y nos conduce a través de su “lucha” contra la opresión mundial que desemboca, predeciblemente, en el mercenariato a favor de los intereses más retrógrados del planeta. Assayas logra seguir a su personaje en esta transformación, en gran parte debido a un gran reparto que nutre el discurso revolucionario de la época.

Es por todo esto que es lamentable que las cuestionables escogencias técnicas y estéticas hayan perturbado la historia. No es exagerado decir que cualquiera que vea la película encontrará, fácilmente, 20 minutos de sobra que se hubiesen podido eliminar en la edición para darle más fuerza a la narración. Es una lástima que, si comparamos el trabajo de Assayas con la excelente “Mesrine” de Jean-François Richet del año pasado, podemos entender lo que “Carlos” hubiese debido ser. Rodada directamente para el cine, la doble película con Vincent Cassel a la cabeza sigue la vida real del enemigo público número uno de Francia, quien se escudaba en un discurso anarquista. “Mesrine” se destaca porque Richet intenta construir y resaltar la interpretación de Cassel. Assayas, en cambio, parece haber hecho todo lo posible por estorbar el excelente trabajo de Ramírez.

En fin, dado el desierto cinematográfico actual, “Carlos” es una película altamente recomendable, insisto, gracias a Edgar Ramírez. Pero igual que el terrorista venezolano pasó su vida pensando en lo que pudo haber logrado, la cinta de Assayas, buena ma non tropo, nos hace extrañar lo que la película hubiese podido ser al simplemente ponerse de acuerdo sobre qué filmar: un telefilm o una película.

Vicente Ulive-Schnell.

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