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México: el adiós al narco como héroe

En un pueblo de la frontera colombo-venezolana al norte del estado Zulia, Venezuela.

Ya pueden hacerse una idea: el calor sofocante, el viento que sopla del mar y moldea a su antojo la forma de los cujíes, las bolsas plásticas multicolores enganchadas de las espinas de los cardonales, los camiones cargados de wayuús, las chirrincheras, que pasan raudos por las interminables y, entonces, solitarias carreteras, los botiquines a orillas del camino con sus rocolas atronando vallenatos todo el día.

En uno de esos bares, hace años, con una curiosa canción:

Dicen que venían del sur
En un carro colorado,
traían 100 kilos de coca,
iban con rumbo a Chicago,
así lo dijo el soplón,
que los había denunciado…

Tiempo después supe que se trataba de un narco-corrido de un grupo mexicano, de música norteña, llamado Lupe y Polo. Se titula La Banda del Carro Colorado. El corrido, un género originado en la revolución de 1911 y usado por el pueblo para cantar las hazañas de sus héroes; ahora era usado para enaltecer la vida y obra de los traficantes de la frontera…

Pero en México, el narco no sólo fue héroe de corridos, sino también de la pantalla grande. No sólo hubo un narco-corrido sobre la banda del carro colorado, sino también una película. Hubo todo un subgénero, el narcocine.

A propósito de la situación de violencia que el país azteca ha vivido como consecuencia del enfrentamiento entre las fuerzas del orden público y el narcotráfico, la BBC le ha dedica un reportaje al declive del narco mexicano como héroe cinematográfico, y le hace una larga entrevista a uno de los directores más emblemáticos del llamado narcocine, Mario Hernández.

¿Cómo fueron sus primeros pasos en el narcocine?

Con Antonio Aguilar hice como diez películas sobre corridos que ya habían sido compuestos. Él como cantante popularizaba los corridos, y cuando éstos adquirían fama y tenían atractivo, se convertían en películas.

En ese momento, el cine mexicano contaba con producción, distribución y exhibición manejadas por el Estado, entonces esas películas se mostraban en los cines y tenían mucha difusión.

A través de la Compañía Operadora de Teatros o Películas Nacionales, por ejemplo, había unas 2.000 salas disponibles en todo el país.

Ante el crecimiento de la narcoviolencia, ¿usted siente, como cineasta, algún dilema moral al mostrar con cierto tono de hazaña un fenómeno que está afectando a la sociedad en su conjunto?

Bueno, existe un dilema, pero la responsabilidad del artista es mostrar la realidad desde todos los puntos de vista. Lo que sucede es que los cineastas hoy no tienen la información completa de lo que realmente sucede en ese mundo del narcotráfico, excepto lo que trasciende a la prensa. Eso obliga a incursionar en la ficción para el relato.

Por su parte, El País de España entrevistó en días pasados a Sandra Ávila, La Reina del Pacífico.

(Gracias, Andrea)

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