El verano pasado, antes de viajar a Portugal y España por cuestiones de trabajo, Mariana me pide que le traiga un compendio de películas del portugués Pedro Costa que recién ha salido a la venta. Ni en Lisboa ni en Oporto, encuentro las películas. Luego, en la librería Follas Novas de Santiago de Compostela, compro un par libros de John Berger. Los he visto antes en la librería de un museo y me ha sorprendido descubrirlos traducidos y publicados. Al volver a Caracas, Mariana me pregunta por las películas de Costa. Yo le cuento sobre los libros de Berger. Y me dice que justo esa semana, días antes de mi regreso, ha comenzado a leer uno de esos libros.
Días después, el nombre de Pedro Costa salta del New York Times. Se trata de un artículo sobre cierta tendencia del cine actual de borrar completamente la línea que divide la realidad de la ficción, el documental del drama, la mera observación de la puesta en escena. En el artículo, el nombre de Costa aparece al lado de su compatriota Miguel Gomes, del argentino Lisandro Alonso o Pedro González-Rubio, director de Alamar. También aparece como referencia un libro, Reality Hunger, a Manifesto, de David Shields.
En seguida compro y devoro el libro de Shields. Ensamblado —literalmente— como un collage, un pastiche, un enorme copy & paste de citas de diversos y variados autores, me encuentro un encendido alegato a favor de la ficción y la imaginación, en un mundo hambriento de realismo. Un mundo en el que el arte es juzgado por su fidelidad o apego a la realidad, y no a la imaginación. El manifiesto da forma a otra tendencia artística, que privilegia el boceto, la obra a medio terminar, el proceso de creación en vez de la pieza terminada, el material bruto, sin corregir. A la vez, aboga por la desaparición del autor. Curiosamente, en el festival de Distrital en México, meses antes, he visto algunas películas que responden a los postulados de Shields. Como Separado! de Dylan Goch. Shields cita a Borat como un buen ejemplo de esta nueva tendencia artística. Goch, al presentar su película en Distrital, evoca la misma cinta como fuente de inspiración.En su libro, Shields comenta algunos casos de memorias y autobiografías “fraudulentas”, como la de James Frey (A Million little pieces) o J.T. LeRoy (The Heart is Deceitful Above All Things). Pero para él, lo censurable no es que sus autores hayan mentido en sus memorias, sino que posteriormente hayan traicionado esos actos de creación. Shields reivindica la mentira en el arte: de Borges a Welles y su F for Fake.
Mientras leo, comienzan a aparecer por todos lados más ejemplos de películas que parecen haber sido hechas a partir de su libro: Exit throught the gift shop (la supuesta película de Banksy), Catfish y I’m Still Here. Es el auge del documental dudoso, dice la prensa. Pero son cintas que se niegan a satisfacer con la necesidad insaciable de las audiencias por los detalles escabrosos de los asuntos mundanos de la celebridad.
Cuando termino Reality Hunger, Casey Affleck, coautor junto a Joaquin Phoenix, de I’m Still Here, claudica ante la inquisición mediática y termina revelando que casi todo en la cinta es puesta en escena. Los medios pierden interés en la cinta porque “no es real”, y se ceban en otra sospechosa de “fraude”: Catfish.
Poco antes de partir al Morelia LAB, encuentro en la red otro artículo que indaga en esa difusa línea divisoria entre lo objetivo y lo subjetivo. Ha sido publicado por un sitio chileno que no conocía, La Fuga. El artículo en cuestión, firmado por el brasileño Arlindo Machado, reflexiona sobre el film-ensayo. El ensayo es, justamente, un tema en el que Shields se detiene con especial atención. En Morelia conozco a Maite Alberdi, joven realizadora chilena que escribe para La Fuga. Pero de esto sólo vengo a enterarme esta mañana, cuando he entrado al sitio con la intención de releer el ensayo de Machado, y me encuentro con un estupendo artículo de Alberdi sobre otro de los tópicos del libro de Shields: Found Footage.
En Morelia, conversamos con Gideon Koppel sobre Sleep furiously. Y nos cuenta que para él no es un documental. Que poco o nada de lo que retrata es real (o sucedió) y que no está interesado en ahondar en la discusión académica sobre esos conceptos. No nos queda la menor duda de que su trabajo está directamente emparentado con los trabajos de Costa, de Gomes, de Otero o del austríaco Ulrich Seidl.
Al día siguiente vemos Nanette, de Nicolas Philibert. Nanette es una orangutana de 40 años, que habita en el Jardin des Plantes de París. Fuera de la jaula, la cámara de Philibert se dedica a observarla, tratando de develar la razón de sus acciones. Mientras, escuchamos los comentarios de los observadores fuera de campo. El público mira al animal, mientras ella nos mira. Es un juego que me recuerda uno de los ensayos de John Berger, ¿Por qué miramos a los animales? Espero a que termine la conferencia y le pregunto a Philibert: ¿tiene algo que ver su film con el ensayo de Berger? Es la segunda vez que le preguntan lo mismo en el transcurso del festival de Morelia, lo que le causa sorpresa, ya que Berger no es muy leído últimamente en Francia.
Desde luego que sí, me contesta. Incluso había invitado a Berger a participar en la película como uno de los visitantes de la jaula de Nanette…
Dejo abierto el final de este post. Estoy seguro de que las sincronías seguirán apilándose hasta cerrar un círculo, armar un conjunto, convertirse en algo. Entonces, se habrá de revelar el significado oculto de las conexiones.
Puede que ustedes deseen seguir la cadena en la sección de comentarios…











