#Vigalondo, segunda baja de la #leysinde y el #manifiesto

Nacho Vigalondo

Nacho Vigalondo no se corta para expresarse

Después de algún tiempo online, uno aprende algunas cosas sobre Internet:

  • Que, a pesar de que digan lo contrario, en la red sí existen fronteras geográficas.
  • Que, a pesar de que se diga lo contrario, también existen fronteras temáticas.
  • Que, a pesar de lo que declare la propaganda, tampoco en la red existe la plena libertad de expresión.
  • Que, a pesar de que no lo parezca, todo lo que digas y hagas tendrá sus consecuencias.
  • Que, aunque no lo creas, no es lo mismo la relación virtual que la personal.
  • Que, aunque no lo hayas advertido, al otro lado del cable, sentada frente a sus teclados y monitores, hay gente de carne y hueso, leyéndote. Gente con que algún día te toparás en la calle.
  • Que, aunque así lo sientas, Internet no es un paraíso.
  • Y que lo mejor es mantenerse alejado de la política, virtual y físicamente.

Muchas de estas cosas las aprendí de sopetón, de golpe, por algo que escribí a la ligera en una lista de correos y que desató un pequeño infierno de reproches, insultos, rupturas de relaciones, malentendidos y acusaciones políticas. Por eso, cuando monté un blog, me impuse algunas reglas —que no siempre cumplo:

  • Seguir, al pie de la letra, un consejo que leí en alguna parte: “escribe siempre como si tu jefe te estuviera leyendo”.
  • En consecuencia, no escribir jamás sobre los problemas del trabajo diario. No escribir sobre empresas, jefes, clientes o colegas.
  • Seguir al pie de la letra, otro consejo que escuché una vez: “no escribir con odio”.
  • No escribir, jamás, borracho. Ni siquiera acercarme al teclado con una copa de vino encima, adentro o en la mano —una vez, un 31 de diciembre, vacié una cerveza sobre el teclado de mi portátil. Sobrevivió. Aún la uso. Pero no es a eso a lo que me refiero.
  • No escribir, jamás, alterado. Ni molesto, ni triste, ni deprimido. Ni, mucho menos, eufórico.
  • Siempre responder los ataques e insultos —cuando se lo merecen— con frialdad. Nunca ofuscado, molesto. Preferiblemente, dejarlo para el día siguiente cuando, desaparecida la indignación o molestia, sea más claro si vale o no la pena.
  • Evitar caer en el juego de la polarización política, que nos convierte a todos en propaganda ambulantes a favor o en contra de algún bando.
  • Hablar, opinar, escribir siempre sobre lo que sé y sustentar los argumentos con pruebas. Dicho de otro modo: nunca hablar de los que no sé.
  • Reconocer los errores, aceptar cuando estoy equivocado y no olvidar que la capacidad de cambiar de opinión es una virtud, no un defecto.
  • No personalizar la discusión.
  • Respetar la intimidad del otro.
  • Escoger siempre con pinzas cada palabra a la hora de bromear (y, ciertamente, jamás, pero jamás, hacer un chiste sobre el Holocausto).
  • Y no olvidar nunca que al otro lado del cable, sentadas ante sus teclados y monitores, hay gente de carne y hueso, leyéndome. Y que algún me toparé con mis interlocutores virtuales cara a cara. Más aún en este país, esta ciudad, este medio tan pequeño. Esto, incluso, lo aplico en ambos sentidos: cuando me agreden en la red, me queda el consuelo de que algún día me encontraré cara a cara con el agresor.

No es cuestión de evitarse problemas a la hora de escribir y expresar tus opiniones, sino de escribirlas de modo que den lugar a un debate productivo y tolerante. Lo que no siempre ocurre, claro está.

Con la llegada de las redes sociales y el microblogging, extremé estas precauciones. Pues la mayor virtud del Facebook es su mayor defecto: allí todo lo que digas o escribas, es personal. En Twitter también hay que andarse con cuidado: la brevedad del mensaje, junto a su virtualidad, es una de las mayores fuentes de malentendidos en la red.

Traigo a colación todo lo anterior a propósito del caso de Nacho Vigalondo. Cineasta con una nominación al Oscar, un largo estrenado y otro en postproducción, actor, humorista, editor de uno de los blogs más leídos de la blogósfera cinematográfica de Iberoamérica y tuitero empedernido, el viernes hizo un chiste de imprevisibles consecuencias:

Enseguida comenzaron los reproches y los insultos:

Vigalondo respondió con una nueva andanada de chistes:

O:

A toda carrera, con alcohol corriendo por sus arterias, Vigalondo se aproximaba peligrosamente al nivel Mel Gibson.

Pero hizo caso omiso de las advertencias de prudencia:

Y el tema de la Ley Sinde y las subvenciones al cine español, no tardó en aparecer:

El fin de semana, el asunto se había salido de control. Intervinieron los medios tradicionales y el cineasta era zarandeado por los internautas. Para colmo, la polémica cayó en el contexto de la rivalidad entre los diarios El Mundo y El País. Este segundo diario no sólo aloja en su plataforma el blog de Vigalondo, sino que además la semana pasada había lanzado una campaña publicitaria con Vigalondo como protagonista:

Imagen de previsualización de YouTube

De nada sirvió que Vigalondo explicara que se trataba de una burla, no contra el Holocausto, sino de la parodia de la negación del Holocausto. El País canceló la campaña publicitaria y Vigalondo cerró su blog.

Seguidores y detractores del cineasta han cerrado filas, a favor y en contra. La controversia ha desatado preocupaciones de muy diversa índole. A muchos les preocupa la pérdida del sentido del humor en Internet (y España), la dictadura de lo políticamente correcto, la reacción desproporcionada de la turba virtual que atacó al cineasta en la red de microblogging, el sensacionalismo e insensibilidad de los medios tradicionales a la hora de explotar la confrontación, o el (mal)uso de Twitter como fuente de noticias. En la acera de enfrente están quienes critican la falta de sensibilidad de Vigalondo al bromear sobre un tema tan peliagudo como el Holocausto o su irresponsabilidad al tuitear “rascao”.

También hay quien ha señalado los estrechos límites de la libertad de expresión cuando se trabaja para un grupo económico poderoso:

La independencia intelectual es inversamente proporcional al tamaño del grupo de comunicación que te contrata. Quien lo niegue, miente. Nadie te dice qué tienes que decir y qué debes callar, pero uno sabe perfectamente dónde está la línea roja. Y sabe cuándo la está cruzando (salvo que esté muy borracho como, al parecer, estaba Nacho cuando escribió ese chiste).

Sin embargo, creo que uno de los aspectos más preocupantes de la cuestión reside en la polarización que se ha creado en torno al tema de la Ley Sinde y als descargas. Acaso nada de esto habría pasado si no existiera el clima de confrontación entre “internautas” y “creadores” que irresponsablemente se creó en la Internet española. Probablemente, el chiste de Vigalondo no habría tenido mayores consecuencias. Pero los radicales que adversan la Ley Sinde, vieron en la broma una nueva oportunidad de hacer trizas a otro “creador” (paralelamente al caso Vigalondo, el cantante David Bisbal era blanco de ataques por un chiste poco apropiado sobre la situación en Egipto). En especial, a uno que dijo cosas que ambos bandos en disputa no querían escuchar, que asumió una posición equilibrada que en nada contribuía a agudizar la confrontación.

A Vigalondo, como a Alex de la Iglesia, le han pasado factura por su posición conciliadora en la controversia, mientras que los responsables de esta situación callan, convenientemente.

Dimite Alex de la Iglesia, primera baja del #manifiesto y la #leysinde

Alex de la Iglesia, balada triste de renuncia

Alex de la Iglesia, balada triste de renuncia

En un artículo publicado en El País de España, el realizador Alex de la Iglesia ha anunciado su renuncia a la presidencia de la academia de cine española.

Por vez primera, aprendí que dialogar con personas que te llevan la contraria es mucho más interesante. Puede resultar incómodo al principio, sobre todo si eres soberbio, como yo. Pero cuando aprendes a encajar, la cosa fluye, y las ideas entran. En este país cambiar de opinión es el mayor de los pecados. Creo que tenemos instalado el chip de la intransigencia desde hace tiempo. Hablé de ello en mi última película. La única manera de arrancárnoslo es mirar a la cara a la gente y decir lo que piensas con el convencimiento de que puede no ser cierto, que puedes estar diciendo o haciendo una tontería. No voy a dejar de discutir, pero francamente, prefiero hacerlo como director, que como presidente. Lo coherente es dejarlo.

Su dimisión se hará efectiva después de la ceremonia de entrega de los próximos premios Goya.

Creo que se trata de la primera baja importante de La Guerra de las Descargas que incendia la pradera del Internet español. Es un problema muy complejo simplificado por fanatismos, oportunismos y polarización. Hay insultos de parte y parte, posiciones intransigentes y mucha, mucha, mucha intolerancia. Para empezar, una vieja ley de la era pre Internet ha sido tomada como basamento legal para justificar la descarga indiscriminada de contenidos digitales. En un principio, las sociedades de gestión de derechos de autor no reaccionaron de la mejor manera ante el problema de la descargas, promovieron la creación gravámenes que afectan al consumidor (sea o no usuario de Internet) como el famoso Canon Digital (un impuesto a consumibles como DVD vírgenes) y adelantaron acciones legales contra internautas.

El año pasado, la ministra de cultura del gobierno de Zapatero, la guionista y actriz Ángeles González-Sinde, propuso una ley en la que se estipulan sanciones contras páginas con enlaces a descargas de contenido digital. Enseguida se hizo el blanco predilecto de toda clase de vituperios. De allí en adelante, la discusión fue cuesta abajo. Algunos líderes de opinión de la Internet española actuaron de manera irresponsable alimentando las llamas y otros actuaron de manera oportunista, a sabiendas de que pueden sacarle provecho económico a la coyuntura.

Los artistas españoles que se atrevieron a defender la ley, como Alejandro Sanz, por ejemplo han sido tildados de poco menos que parásitos que viven de las ganancias de su trabajo. Sí, leyeron bien: parásitos que viven de las ganancias de su propio trabajo —lo he leído más de una vez en la red. Pero cuando un periodista sagaz como Ignacio Escolar devela que las páginas de descargas de contenidos digitales pueden hacer miles de euros al mes con el trabajo ajeno, muchos apuran cabriolas retóricas para justificar lo injustificable y hacer creer que las ganancias de Series Yonqui no es lo más importante en todo esto.

Los internautas piden a las empresas del entretenimiento un nuevo modelo de negocios acorde con los tiempos que corren. Pero la frustrante experiencia de los pocos que se han atrevido a brindar un nuevo modelo de negocios en un mundo donde todo es gratis demuestra que el nuevo modelo de negocios que exigen los usuarios, no es posible sin una actualización de la vetusta ley española de derechos de autor, tal y como apunta el director Nacho Vigalondo. Y, desde luego, los usuarios son los primero en oponerse a esa modificación.

Los políticos, que son los mismos en todos los países, han hecho lo mejor que saben hacer, sobre todo, cuando de Internet se trata: no dar pie con bola. La solución propuesta, como la Ley Sinde, no puede aplicarse sin vulnerar los derechos de los usuarios.

A finales del año pasado, Alex de la Iglesia se atrevió a dar un paso al frente y reunirse con destacadas personalidades del mundo de los negocios virtuales y líderes de opinión de la red ibérica. Descubrió que había puntos en común y que quizás se podía llegar a acuerdos. Pero su postura contra los radicales de ambos bandos, le hizo el blanco de los peores insultos en la red. Contra su persona, contra sus películas. Ayer, De la Iglesia no se despegaba de su iPad, respondiendo a todos y cada uno de los mensajes que recibía a través de Twitter ante su atónito equipo de trabajo. Sospecho que allí descubrió que la política, sobre todo en tiempos de alta polarización, es incompatible con el arte. Lean su timeline en Twitter de las últimas 36 horas. Descubrirá cómo fue que llegó a la decisión que acaba de anunciar: que desde hoy se limitará a ser director de cine y que, como tal, participará en la discusión.

Lo paradójico del asunto es que muchos de los intolerantes de ambos bandos que no más ayer le insultaban, hoy le felicitan por su renuncia. Punto a favor de la intolerancia, la intransigencia y el oportunismo.