Cine y periodismo: el nauseabundo hedor del éxito de Walter Winchell (I)

Sweet Smeell of Success, de Alexander Mackendrick

Sweet Smeell of Success, de Alexander Mackendrick

La relación entre el cine y el periodismo es como la de esos viejos matrimonios donde nadie se soporta, pero que se mantienen unidos porque no pueden vivir sin el otro.

Por cerca de un siglo, cierta clase de periodismo ha vivido de las miserias del cine, de los divorcios e infidelidades de sus estrellas, de sus chismes, de sus borracheras, de sus metidas de pata, de sus frivolidades y de sus excesos. Los columnistas de los grandes diarios amarillistas estadounidenses —Louella Parsons, Hedda Hopper, el joven Ed Sullivan— hacían y deshacían carreras y matrimonios, creaban éxitos y provocaban fracasos. Premiaban y condenaban. Allí está el triste recuerdo del fin de Roscoe “Fatty” Arbuckle, por ejemplo.

Walter Winchell, de todopoderoso a columnista olvidado

Walter Winchell, de todopoderoso a columnista olvidado

Parsons, Hooper e, incluso, Sullivan tan sólo fueron pálidos imitadores de Walter Winchell, el columnista estadounidense más poderoso del siglo XX. Cortejado por estrellas y políticos en ascenso, celebridades y agentes de prensa, Winchell creó e impuso un estilo de periodismo de opinión en el que mezclaba chismes, rumores, datos sin confirmar, comentarios satíricos, sarcasmo. Era tan temido como odiado. Podía crear un éxito con sólo un párrafo y hundir una carrera con la combinación adecuada de palabras en una frase. Su estilo de escritura era rápido, incisivo y letal como el stacatto de una ametralladora. Cortas frases, muchas veces incompletas. Párrafos sucintos, separados por puntos suspensivos. Todo, revuelto y salpicado de jerga. Incluso, expresiones que no existían, que el inventaba y popularizaba. Su estilo originó los términos Winchellism y Winchellese (algo así como winchellismo y winchellada).

Sus columnas, publicadas en varios diarios de costa a costa de los Estados Unidos, eran devoradas ávidamente por 20 millones de lectores. Su programa radial dominical, donde era capaz de alcanzar velocidades cercanas a las 240 palabras por minuto al hablar, con el fondo sonoro de un teletipo en acción, era escuchado por 30 millones de radioescuchas más. Se calcula que Winchell llegó a alcanzar alrededor de 60 millones de estadounidenses en el clímax de su popularidad.

Tony Curtis y Burt Lancaster olfatean el éxito

Tony Curtis y Burt Lancaster olfatean el éxito

El cine fue uno de sus blancos preferidos. Sobre todo, cuando se alió con el senador Joseph McCarthy en su histérica cruzada anticomunista. Ya es sabido que cuando el periodismo, así sea el sensacionalista, se junta con la política, independientemente de la orientación ideológica, termina perdiendo el periodismo. De modo que cuando comenzó la caída del senador, comenzó el ocaso del todopoderoso columnista. Y a Hollywood le llegó su momento de pasar su factura.

Fue por esos días cuando Warner Bros. estrenó Sweet Smell of Success. (Continúa…)

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The Getaway, tema, trama y conflicto, una breve ilustración

The Getaway, desde el afiche se anuncia el conflicto

The Getaway, desde el afiche se anuncia el conflicto

Cada vez que debo explicar la diferencia entre conflicto, puntos de giro, motivaciones, y objetivos de los personajes, trama y tema —todos elementos del drama y, por supuesto, de la escritura de guiones—; uso como ejemplo The GetawayLa Huida, una película que, en sí misma, es razón más que suficiente para comprarse un Blu Ray—, aquella clásica cinta de acción y película de carretera, protagonizada por Steve McQueen y Ali MacGraw, dirigida por Sam Peckinpah y escrita por Walter Hill, sobre la novela de Jim Thompson. Como decimos de este lado del mundo, un trabuco.

 

Atención: puede que a continuación revele algunos detalles importantes de la trama del film. Por otro lado, es imperdonable que no la hayan visto aún.

Don McCoy sale de prisión

Don McCoy sale de prisión

Después de unos excelentes títulos iniciales, que sirven para presentar a los personajes, la trama se inicia cuando Don McCoy (McQueen) es, para su sorpresa, liberado de prisión bajo palabra. Pronto la trama será lanzada en una nueva dirección por un punto de giro: su liberación no es gratis, pues Jack Benyon, el corrupto y bien conectado jefe de la prisión, le obligará a planear y ejecutar el robo de un banco. Comienza entonces a dibujarse el conflicto de McCoy: robo o libertad. Tiene unos objetivos iniciales claros, aunque contradictorios: robar el banco y salir en libertad . Pero se le presenta un primer obstáculo que complica la resolución de su conflicto y aleja sus objetivos: no podrá contar con su gente de confianza para el robo, sino con la del jefe de la prisión. Y McCoy no confía en ellos. La trama avanzará de acuerdo a las decisiones que McCoy tome para resolver su conflicto. Y, en un buen drama, estas decisiones serán siempre las equivocadas: en vez de resolver su conflicto, deberán complicarlo más.

Más adelante, en otro punto de giro de la trama, el conflicto de Don McCoy se hace más profundo, personal, íntimo: descubre Carol (McGraw), su hermosa esposa se ha acostado con Benyon a cambio de su libertad.

Se trata de un gran conflicto que expresa el verdadero tema de la película: las relaciones de pareja. Amor, lealtad y traición expresados de forma contradictoria, conflictiva, dialéctica, pues Carol ha sido desleal a Don precisamente porque lo ama y lo quiere libre.

McGraw, motivación más que suficiente

McGraw, motivación más que suficiente

El conflicto, ya personal e íntimo, corroerá el alma de McCoy buena parte de la trama, pues aunque la ama, ya no confía en Carol. Por otra parte, se hace evidente la aparente motivación de Benyon al liberar a McCoy no es sólo material (el robo), sino también personal: después de aquella revolcada con Carol, ha quedado completa y absolutamente enamorado de ella —¿y quién no se enamoraría perdidamente de Ali McGraw? Si no, pregúntenle a McQueen y a Robert Evans quienes protagonizaron una historia similar en la vida real mientras se filmaba la cinta, pero eso es material para otro post.

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McQueen besa los dedos de MacGraw con la familiaridad de un viejo marido, un pequeño detalle que no sólo muestra su grandeza como actor, sino que delata su naturaleza de hábil seductor

El héroe (McCoy) y el villano (Benyon) de este drama, al final, resulta que tienen las mismas motivaciones: su amor por la enloquecedora y bronceada Carol.

Thompson primero, quien hizo los borradores iniciales del guión, y después Hill complican aún más la trama no sólo para hacer avanzar la acción, sino para seguir expresando el tema del film dialécticamente. Rudy, uno de los hombres de Benyon, y quien persigue a Don en su huida después de que el robo del banco saliera mal, secuestra a una pareja, un veterinario y su esposa (por alguna extraña razón, el detalle de la profesión del secuestrado se me quedó grabado en la mente).

Don McCoy le echa un vistazo a dos poderosas motivaciones

Don McCoy le echa un vistazo a dos poderosas motivaciones

A punta de pistola Rudy obliga a Harold, el aterrado veterinario, a conducir el vehículo e ir tras McCoy. Fran, su mujer, decepcionada ante la actitud pusilánime de su marido, comienza una relación con el masculino y violento Rudy, su secuestrador. En una de las secuencias más incómodas de ver de la historia del cine, Fran y Rudy hacen el amor en la habitación de un motel, mientras Harold, el veterinario, permanece atado en una silla, ante la cama donde se derrumba su hasta entonces feliz matrimonio.

Vemos así, otro ángulo del tema (las relaciones de pareja), expresado de forma dialéctica, dinámica, a través del conflicto. El conflicto personal de McCoy dispara los mecanismos de empatía de los espectadores. Lo que nos mantiene pegados a las butacas y con nuestros ojos fijos en la pantalla, no son sólo las balaceras, las persecusiones y las extraordinarias piruetas automovilísticas de esta cinta, sino quizás una pregunta esencial: ¿qué haríamos nosotros en el lugar de Don? ¿Perdonar a Carol? ¿Abandonarla? ¿Perdonaría una traición cuya motivación fuera el amor? ¿Y qué haríamos en el lugar de Harold? ¿O en el de Carol?

Preguntas tan esenciales como íntimas y cercanas a la experiencia personal de los espectadores comunes y corrientes. Todos hemos sido traicionados alguna vez en al vida, hemos perdonado o condenado traiciones. También hemos traicionado. Y todos tuvimos razones para hacerlo. El conflicto, al expresar un tema a la vez íntimo y universal, puede ser entendido y experimentado por toda clase de espectadores.

McQueen y McGraw, relaciones de parejas

McQueen y McGraw, relaciones de parejas

Tema, trama, conflicto y personajes no pueden verse de forma separada o en estancos independientes. Es un continuum: no hay una frontera donde termina uno y comienza el otro. Un conflicto expresa el tema, pero también determina al personaje y viceversa. El conflicto (o su resolución) es el agente catalizador de la trama. El conflicto es el motor del drama, el combustible que hace avanzar la historia.

He escrito este post como introducción a otro artículo, relacionado con la muerte del conflicto y el final del drama en cierto cine hollywoodense de reciente data. Trataré de publicarlo mañana o el lunes.

The Getaway | Trailer

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A 50 años de Mondo Cane (y III)

Perro Mundo, en español

Perro Mundo, en español

PorJuan Cruz Bacaro [@JuanBacaro]

Ir a la primera y a la segunda parte.

El Oscar y Cannes

Curioso es además que Mondo Cane obtuviera una nominación al Premio de la Academia, el Oscar. Esto sucedió en el año 1964, cuando el tema “More” compuesto por Riz Ortolani y Nino Oliviero, y cantado por Norman Newell, fue considerado al galardón en el rubro de “Mejor Canción”.

Ese mismo año Riz Ortolani estuvo nominado al Grammy, por la composición de la banda sonora, la cual es una maravilla, y es probablemente el mejor acierto de Mondo Cane. El matrimonio imagen-música es una delicia.

Para inflar un poco más el asunto, dos años antes, en Cannes, la película optó por la Palma de Oro, y ganó el premio David di Donatello a la “Mejor Producción”.

Aquí “More” cantado por Judy Garland en uno de los capítulos de “The Judy Garland Show”.
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También existen versiones de Nat King Cole, Roy Orbison y el mismísimo Frank Sinatra, entre otros.

Mi top 5 de las secuencias que se ven en Mondo Cane

Admito que me impacté en varios momentos (solo en un par) de la película, pero finalmente concluyo que es una película asombrosa y hasta risible. Es por esto que quizás un abreboca adicional pueda interesarle a más de un lector de este post, sobre todo porque “Mondo Cane” (e incluso su secuela) se puede conseguir fraccionada en YouTube. Debe haber versiones más extensas que otras. De hecho el trailer suma escenas que no vi en el compilado que obtuve en DVD.

En todo caso, les doy un avance en forma de “top”:

1) En el Pacífico, una década después de la última explosión de la Bomba H, a pocas millas de Atol de Bikini, un archipiélago envenenado ha generado que una variedad de peces abandonen brevemente su hábitat (desconfiando de la radioactividad) y ahora …trepan por los árboles!

2) De igual forma, en otra secuencia de “Mondo Cane” más parecida a un programa de animales del National Geographic, se narra como la contaminación atómica ha destruido el sentido de orientación de una tortuga, a la cual vemos caminando agonizante hacia el interior de la isla en vez de ir hacia el mar. Dramáticamente muere por el sol y el cansancio. Es tal vez la secuencia que más me impresionó.

Tortuga en Mondo Cane

3) En Tokio Onsen, se describe en imágenes la estación de “purificación y lubricación” de japoneses que han bebido toda la noche y amanecen totalmente borrachos. Las chicas encargadas de la limpieza y los masajes solo visten shorts y brassiers. Las escenas son hilarantes.

4) En la isla Tiberina, en Roma, la hermandad de “The Red Sacks” conserva esqueletos destartalados como “símbolo de piedad”, en una especie de museo macabro. Las familias protegen los huesos y visitan el lugar todos los viernes, donde hacen una fiesta. Es aquí donde vemos a niños manipulando calaveras cual si se tratara de juguetes desarmables de Fisher Price.

5) En Raiputh, en una aldea muy pobre de la costa de Malasia, pescadores que han sido mutilados por tiburones recogen aletas para ser vendidas a un restaurante (como comida afrodisíaca); a la vez que planean una terrible venganza en contra del escualo.

No estaría de más revisar los extravagantes libros que ya son casi una franquicia en Latinoamérica y que han sido aplicado como guías de turismo pero apuntadas hacia lo más inusitado de capitales como Buenos Aires, Bogotá, Lima y Santiago de Chile (escuché que también Caracas estaría en desarrollo), se trata de la serie “bizarro” de la cual se puede saber un poco más revisando este artículo.

Esta bibliografía se me hace perfecta para ser adaptada a un no menos sorprendente guión “mondo”, un tanto más urbano. ¿Se imaginan producir una película “Mondo Venezuela” en estos tiempos? ¿sobre qué harían un registro ustedes? Prácticamente, mientras sea insólito o extraño, todo vale!

A 50 años de Mondo Cane (II)

PorJuan Cruz Bacaro [@JuanBacaro]

El género “Mondo”

(Ir a la primera parte) Mondo Cane fue la bola de nieve que se convirtió en avalancha. No solo tuvo una secuela al año siguiente (dirigida nuevamente por Gualtiero Jacopetti y, ahora si, Franco Prosperi), sino que se fue desprestigiando con burdas imitaciones, que a diferencia de la original, multiplicaban el cúmulo de imágenes explícitas, convirtiendo el género “mondo” en básicamente documentales de espanto; incluso con imágenes falsas y trucadas en cada ocasión de forma más desvergonzada (y por lo tanto más desagradables).

Perro Mundo, otro poster

Perro Mundo, otro poster

Ya la correlación de secuencias que ofrecía Mondo Cane era sustituida por absoluto sensacionalismo, deformándose en simples colecciones de imágenes filmadas y falsas, de programas televisivos muy violentos, o diversos footages.

Es así como surgieron películas como Mondo Balordo, Shocking Asia o Faces of Death; además de Witchdoctor in Tails, Africa addio y Mondo Candido estas últimas realizadas por el propio Jacopetti; de hecho, fue lo último que dirigió; supongo por el mismo agotamiento del género al mutar hacia esta suerte de explotation del mal gusto que causó Mondo Cane, obra que a mi parecer permanece intacta y sana de desprestigio.

La versión original tuvo decenas de imitaciones en los años 60 y 70, entre las que se pueden contar Mondo Teeno, Mondo Bizarro y Mondo Nudo; cuyas descripciones no valdría la pena destacar en este momento. Incluso existe una Mondo Hollywood con chicas mostrando los senos, muchos peinados extraños y drogas por doquier. Russ Meyer también se unió a la moda otorgando su joya trash llamada Mondo Topless, cuyo argumento lo dejo a la imaginación de los lectores (si, incluye go-go dancers de las que usan corpiños talla XXL).

El inconveniente de estas versiones derivadas del Mondo Cane es que eran emulaciones toscas y aberrantes, aun más absurdas, y que con el tiempo fueron consideradas sumamente desagradables y, obviamente, prohibidas. En otras palabras, y tal como lo dice el experto argentino Diego Curubeto en su mini-enciclopedia “Cine Bizarro, 100 años de películas de terror, sexo y violencia”, esta película de Jacopetti “era terriblemente inocente al lado de los Mondo Films que vendrían después”.

Los cráneos de Mondo Cane

Los cráneos de Mondo Cane

Las imitaciones saturaban. De hecho, es casi lógico que a esta altura de la lectura podamos inferir que el clásico Cannibal Holocaust (1980, de Ruggero Deodato) es influencia directa del género “mondo”. La controversia y pormenores de este film italiano ya serían tema de otro post.

Tampoco me parece fuera de lugar añadir que un descendiente refinado del género pudiera ser la reciente “Bodysong” (2003) , un documental mudo que Simon Pummell no filmó, sino que ensambló en base a la revisión de miles de imágenes de archivo de filmotecas alrededor de todo el planeta. El trabajo es espléndido e imprescindible; pero no por esto deja ser crudo; definitivamente no son imágenes amables. Es además el primer soundtrack de Jonny Greenwood (guitarrista de Radiohead), de ya cuatro que hasta ahora ha compuesto.

Earthlings” (2005)  igualmente es un poderoso compilado de imágenes nefastas para llamar la atención sobre el trato que el ser humano da a los animales. Este caso es mucho más potente que Mondo Cane, créanme. El objetivo es otro también.

Pre-Mondo y algunos antecedentes

A pesar de todo lo dicho, este género sensacionalista de tanto éxito, y de tipo “documental” existía desde hace mucho antes.

Afirma Diego Curubeto en su publicación que desde la época del cine mudo ya había registros similares a los de Mondo Cane. De hecho, un pseudo-documental llamado “Ingagi” que data de 1930. El film sugería que había sexo entre una dama indígena y una simia. Luego se supo que todo lo que allí se veía era un fraude absoluto.

Ingagi

Ingagi

“Ingagi” es considerada además una película “pre-explotation”; quizás la primera realmente conocida en la era “Pre-Code Hollywood”. En esta galería de flickr.com pueden verse posters y stills del filme original.

Diego Curubeto comenta también en su libro: “Durante el período mudo y en los comienzos del sonoro era común que algunos productores camuflaran sus intenciones de erotizar y shockear en documentales supuestamente didácticos que en realidad eran mucho más retorcidos y perversos que la más liberada fantasía sadomasoquista”. También existían los documentales de índole científico, muy populares en la década de 1920. “Hasta el venerable John Ford filmó un documental sobre el peligro de las enfermedades venéreas para la Armada de Los Estados Unidos, ‘Sex Higiene ‘ (1941)”, culmina Curubeto en su sección sobre los “Mondo Films”.

Algunos de estos documentales que se comentan en el libro, fueron prohibidos por más de una década. Muchas películas institucionales de esta época, acerca de temas morales, son incluso preferidos por los más empedernidos fans del cine bizarro, muy por encima del propio género “mondo”. (Continúa)

A 50 años de Mondo Cane (I)

PorJuan Cruz Bacaro [@JuanBacaro]

Mondo Cane, un documental sobre el perro mundo

Mondo Cane, un documental sobre el perro mundo

Hace escasos días cayó en mis manos -y casi por casualidad- el DVD de Mondo Cane (Perro Mundo), un pseudo-documental italiano del que siempre oí hablar, y del cual incluso llegué a pensar que estaba terriblemente mitificado. Se trata del precursor del género (o sub-género) Mondo, que aun conserva su extraordinario estima originario.

A esto se le suma que las asombrosas imágenes registradas para Mondo Cane ya cumplen medio siglo, pues a pesar de ser estrenada en cines de todo el mundo en 1962 (en Italia la premiere fue en marzo de ese año), el rodaje se produjo el menos 2 años antes, de forma aleatoria y hasta accidental en muchos de los registros.

Este hito del cine mundial es también conocido como shockumentary  (o algo así como “documental de shock”) y  es una colección de bizarras secuencias con actividades diversas que pueden dar un esbozo de la conducta humana en determinados recovecos del planeta.

Y es que Mondo Cane es un recorrido por muy particulares rincones de cada uno de los continentes, con imágenes concatenadas entre si por medio de una maravillosa banda sonora, y guiadas a su vez por una narración en off que hace énfasis en matizar las descripciones y explicaciones previas con un humor negro no siempre sutil.

Este caleidoscopio antropológico y sensacionalista ofrece al espectador una mirada única e intrigante de la vida en el planeta en una selección de planos deslumbrantes, hilados con gracia. Una chocante gama audiovisual que también puede traducirse como educación malsana, fruto de esta exhibición sin pudor -y a manera de mosaico- de actividades y rituales que no en vano podríamos imaginar que están alejadas de lo natural, lo lícito, lo apropiado, lo pueril y hasta del sentido común básico.

Los directores

Los directores de Mondo Cane

Los directores de Mondo Cane

El creador de Mondo Cane es el documentalista Gualtiero Jacopetti. No obstante, se le ve compartir créditos con Paolo Cavara y el realizador Franco Prosperi, unas veces menos protagónica que otras.

Jacopetti era periodista en ese entonces, y registró en imágenes diversas excentricidades del comportamiento humano alrededor del mundo. Para colmo, decidió también inventar algunas de esas imágenes. Fue un visionario, tal vez.

La idea era ofrecer lo “nunca antes filmado” para generar en el público sensaciones muy fuertes. En cualquier extremo el espectador nunca sería trastocado, pues siempre se contaba con la seductora y eterna “protección” que tiene el cine (esto de apreciar cualquier atrocidad bajo el confort de saber previamente que lo hacemos en un “ambiente controlado”, en donde nada nos puede pasar). Al fin y al cabo de eso se trata la magia del cine, es posiblemente su bondad primaria.

Perro mundo: una indígena ha perdido a su hijo y amamanta a un cerdito. Es la ley de una tribu en Nueva Guinéa.

Perro mundo: una indígena ha perdido a su hijo y amamanta a un cerdito. Es la ley de una tribu en Nueva Guinea.

Pero, ¿cuál era el límite? Al parecer Mondo Cane estaba más cerca del divertimento descarnado que del “tratamiento Ludovico”. No pretendía mostrar para modificar alguna conducta; sino, simplemente, mostrar.

En el caso de Mondo Cane existía una variable que modificaba la variante: esto no se vendía como ficción, sino como un “trabajo periodístico”. Por ende, sorprenderse con imágenes que nos mueven hasta el último cimiento no podía ser una sensación fácilmente contrarrestada con la auto-terapia de la reiteración mental:

¡Debo calmarme! Es solo un documental… ¡Debo calmarme! Es solo un documental…

La terapia no funcionaría, sería un agravante en todo caso.

Es entonces cuando se podía dudar de la virtud del cine “preservado”, más bien esto coqueteaba con nuevas cualidades, ahora se trata de un género un tanto forajido y opresor; una película que permitía abrir la boca a la par de los ojos, u obligaba a cerrar estos incluso.

Estos realizadores italianos dieron en el clavo presentando dos horas de bizarre collage en un documental que pareciera licuado junto a una guía turística de destinos (en su mayoría, bastante terroríficos) a donde nadie quisiera ir. El resultado se tradujo en millones de dólares de taquilla alrededor del mundo, y además la responsabilidad de considerar a Mondo Cane la película “que inició todo” (Continúa…)

Mondo Cane | Trailer

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Acerca de la corrupción en el cine (I)

Sam 'Ace' Rothstein (Robert de Niro), iluminado por el poder en Casino

Sam 'Ace' Rothstein (Robert de Niro), iluminado por el poder en Casino

El cine, a lo largo de su historia, no ha hecho otra cosa que volver, una y otra vez, sobre el tema de la corrupción. La corrupción del individuo por el dinero, por el poder, la fama e, incluso, por el amor. O la corrupción de todo un sistema político, económico o judicial. Sería imposible enumerar aquí todas las películas que tratan el tema, pues casi todas, de una forma u otra, lo hacen. En toda trama, siempre hay un personaje corrompido. O en vías de corromperse. Quizás la historia misma es la de un héroe que lucha contra las fuerzas de la corrupción o contra la tentación de corromperse.

Hemos visto de todo: policías corruptos (o policías honestos que enfrentados a sistemas policiales corruptos, como en Serpico, de Sidney Lumet); banqueros, alcalde, sheriffs, divas y sindicalistas. Oliver Stone y Martin Scorsese, a lo largo de su obra, han vuelto una y otra vez obsesivamente, sobre el tema de las fuerzas de la corrupción. En Wall Street (1 y 2), Natural Born Killers, JFK, Pelotón o Un domingo cualquiera son retratos de la corrupción financiera, mediática, política, militar y hasta deportiva.

Scorsese, por su parte, ha creado tres obras ineludibles sobre el nacimiento, el auge y la caída de personajes enfrentados a su propia corrupción. Toro Salvaje, Goodfellas y Casino conforman una trilogía que reflexiona sobre las secuelas de la corrupción en el individuo, valiéndose de una idéntica estructura dramática apoyada en el tema de la redención. En las tres películas, tres personajes sucumben a la corrupción —por ambición, por amor fraternal y por amor a secas— cuando se les otorgan poderes y responsabilidades para las que no estaban preparados.

Jake LaMotta (Robert de Niro), reconciliado consigo mismo, en Toro Salvaje

Jake LaMotta (Robert de Niro), reconciliado consigo mismo, en Toro Salvaje

El cine documental tampoco ha sido ajeno a la temática, desde luego. La Corporación, de Mark Achbar y Jennifer Abbott, y Enron: The Smartest Guys in the Room, de Alex Gibney, examinan con precisión científica sistemas o asociaciones (en este caso, empresas) construidos sobre el concepto de la corrupción. Ambos documentales describen las relaciones humanas dentro de un contexto de anomia o de ausencia de reglas o leyes. Y creo que vale la pena citar un buen trozo del artículo sobre la anomia en la Wikipedia:

La anomia es la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos lo necesario para lograr las metas de la sociedad. Se supone que la anomia es un colapso de gobernabilidad por no poder controlar esta emergente situación de alienación experimentada por un individuo o una subcultura, hecho que provoca una situación desorganizada que resulta en un comportamiento no social. El término fue introducido por Émile Durkheim (La división del trabajo social y El suicidio) y Robert K. Merton (Teoría social y estructura social); este último formuló las leyes que, al incumplirse, conducían a la anomia:

  • Los fines culturales como deseos y esperanzas de los miembros de la sociedad.
  • Unas normas que determinen los medios que permitan a las gentes acceder a esos fines.
  • El reparto de estos medios.

La anomia es en este caso una disociación entre los objetivos culturales y el acceso de ciertos sectores a los medios necesarios. La relación entre los medios y los fines se debilitan. El concepto de anomia está vinculado a otros como el control social y la desviación. Pero la anomia se debe al actuar de un agente social manifiesto en ausencia de normas en relación con el éxito en un rol dentro del sistema.

La regulación moral correspondiente -codificada en normas sociales- queda obsoleta en la función de favorecer la solidaridad orgánica, por lo que se produce una desinstitucionalización por falta de los referidos valores normativos, en un abanico que va desde los usos y costumbres al extremo más grave de la falta de igualdad de oportunidades sociales para avanzar al siguiente escalón de nuevos bienes culturales, religiosos o societarios del progresivo estadio de desarrollo.

En un sistema —empresa, organización, institución o gremio— dominado por la anomia, la corrupción es el estado natural de las cosas y para alcanzar los objetivos, se utilizan métodos que fuera de ese sistema, serían legal y moralmente condenables: extorsión, difamación, soborno, tráfico de influencias. Como bien lo demuestra Gibney en Enron, dentro de un sistema anómico, los personajes se encogen de hombros cuando se señalan los casos de corrupción: “¡bah, eso no es nada!” La responsabilidad se diluye en el conjunto: “¡pero si todos los hacen!”.

Las relaciones humanas son utilitarias y no hay lugar para la piedad (como en la escalofriante secuencia de los incendios). El edificio se sostiene gracias al silencio y desprestigio de la disidencia, a la red de complicidades, a la culpa compartida y al ejercicio del chantaje: “o te callas y te adaptas o no permitiremos que consigas tus objetivos, no cobrarás el bono, no obtendrás tus beneficios”.

Aunque no importa si te callas o te adaptas. Dentro de un sistema anómico se vive siempre en estado perpetuo de frustración: nunca se alcanzan plenamente los objetivos, nunca se cumplen las metas, siempre hay una promesa futura, nunca es suficiente, siempre se querrá más. Más poder, dinero, sexo, fama.

Henry Hill (Ray Liotta), redimido en GoodFellas

Henry Hill (Ray Liotta), redimido y anónimo en GoodFellas

Pero como también demuestran ambos documentales, la anomia conduce a la alienación. Los sistemas y los individuos que los integran, al aislarse del resto de la sociedad y sus normas, se creen intocables y se colocan al margen de la ley y de las normas sociales. Y es entonces cuando el tinglado suele implosiona. Un sistema erigido sobre la ausencia de normas sociales está condenado a colapsar bajo el peso de las complicidades. Y, como el posterior colapso de todo el sistema financiero estadounidense ha demostrado, basta un pequeño error de algún involucrado —usualmente, provocado por la imprudencia propia del alienado, del soberbio—, para que todo se venga abajo en un terrible efecto dominó (ese colapso es materia prima de un documental más reciente, Inside Job, de Charles Ferguson, nominado al Oscar pero que aún no hemos visto.

Por otra parte, el cine también nos ha enseñado que también existen recompensas para el héroe íntegro que se enfrenta a los sistemas anómicos, para los disidentes que no callan, los rebeldes que no se adaptan, y para quienes atraviesan el infierno de la corrupción. Puede que no sean recompensas tan gratificantes o deliciosas. Poder, fama, dinero. No son recompensas externas, o sociales; sino internas: la redención.

Frank Serpico, condecorado, deja la policía y la ciudad

Frank Serpico, condecorado, deja la policía y la ciudad

Después de sufrir las consecuencias de denunciar la corrupción policial y de ser condecorado por su valentía, el oficial Frank Serpico, deja su trabajo y, con una bolsa como todo equipaje y un perro por toda compañía, deja la ciudad. Al final de Toro Salvaje, Jake LaMotta luce la obesidad del que está en paz consigo mismo y ensaya frente al espejo una parodia del personaje que fue. En el epílogo de Casino, Sam ‘Ace’ Rothstein, saca cuentas en una pequeña calculadora en un oscuro garito de apuestas. Ha vuelto a ser él mismo y ha regresado al lugar en el que fue feliz y del que nunca debió salir.

En Goodfellas, justo antes de que Scorsese haga un extraño homenaje al final de El Gran Asalto al Tren de Porter, el protagonista, Henry Hill recoge su periódico en un anónimo suburbio. Ha perdido sus privilegios y es un don nadie. Y esa es su recompensa: volver a ser fiel a sí mismo, recuperar la integridad como ser humano que alguna vez dejó corromper. Puede levantar la mirada y ver a los espectadores a la cara. Ha sido redimido. Y esa es su recompensa.

Películas para entender a Jared Lee Loughner, el pistolero de Tucson, Arizona

Jared Lee Loughner

Jared Lee Loughner

Ha sido un fin de semana trágico en Estados Unidos. En Tucson, Arizona, Jared Lee Loughner, un joven perturbado de 22 años, abrió fuego en un encuentro con la legisladora demócrata Gabrielle Giffords. El saldo: veinte heridos, Giffords incluida, y seis personas muertas. Entre ellas, un juez y una niña de nueve años. La congresista se debate entre la vida y la muerte con una herida en la cabeza y el presunto perpetrador se encuentra bajo custodia policial.

Poco después de que se hiciera público el nombre de Jared Lee Loughner, autor de los disparos, comenzaron a aparecer por todos lados reportes sobre su identidad en las redes sociales. Pronto se supo que publicó inquietantes e incoherentes videos en su canal en Youtube, en los que su perturbación se hacía evidente. Los videos parecen obra de un alienado atrapado en un vericueto de delirios persecutorios, conspiraciones gubernamentales secretas, control mental y lavados de cerebro. Algún testigo lo describió como un personaje de Fringe, la serie de TV de J. J. Abrams.

The Manchurian Candidate

The Manchurian Candidate

Aunque bien mirado, Jared Lee Loughner parece responder a un personaje que Hollywood ha explotado en más de una película: el paranoico perseguido. Son los prisioneros de guerra que regresan de Corea al borde de la locura por persistentes pesadillas de The Machurrian Candidate o el torturado taxista, paranoico delirante extraviado en el laberinto de su propia conspiración de Conspiracy Theory. Hoy, Jerry Fletcher, el taxista paranoico interpretado por Mel Gibson, podría incluir a Jared Lee Loughner su su lista de magnicidas de tres nombres:

Los asesinos en serie sólo tiene dos nombres. ¿Te has fijado en eso? Pero los asesinos pistoleros solitarios, siempre tienen tres nombres. John Wilkes Booth, Lee Harvey Oswald, Mark David Chapman…

Con más introspección y menos sensacionalismo, Martin Scorsese, Paul Schrader y Robert de Niro abordaron el mismo personaje en Taxi Driver. Como el Raymond Shaw de The Manchurrian Candidate, el Travis Bickle de Taxi Driver también está destinado a perpetrar un magnicidio, impulsado por las oscuras, incomprensibles fuerzas de la paranoia.

Años después Scorsese incursionaría nuevamente en el laberinto de la paranoia con Shutter Island, protagonizada por Leonardo DiCaprio. Como en las películas antes mencionadas, también en Shutter Island, el sueño y la vigilia juegan un papel fundamental en la construcción dramática y en el desmoronamiento psíquico de su protagonista. En en The Machurrian Candidate eran las pesadillas recurrentes de los veteranos de Corea; o el insomnio pertinaz de Bickle en Taxi Driver; Teddy Daniels, protagonista de Shutter Island también ha perdido la capacidad de discernir entre la consciencia y el subconsciente, entre la realidad y el sueño.

Algo similar parece suceder en el caso de Jared Lee Loughner. En uno de sus video-textos publicados en YouTube, el joven escribe:

Todo los humanos tienen la necesidad de dormir.
Jared Loughner es humano.
Ergo, Jared Loughner necesita dormir.

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Seguidamente, Loughner desvaría sobre el sonambulismo y se define así mismo como sonámbulo. En otro video afirma que su actividad favorita es soñar de forma consciente y asegura enigmáticamente que la población de “soñadores conscientes” de los Estados Unidos no llega al 5 por ciento.

Fotografía de la reseña policial de Loughner

Fotografía de la reseña policial de Loughner

El atentado ha suscitado en los EE.UU. un debate sobre el discurso violento en la política. Algunas han señalado que perturbados como Jared Lee Loughner parecen explotar en tiempos de alta polarización política. Entre nosotros tuvimos a João de Gouveia, quien disparó al azar contra opositores al gobierno de Chávez en la plaza Altamira, durante los agitados días del Paro Petrolero de 2002-2003. En los 50 y durante la década de los 60, en los Estados Unidos, el discurso de confrontación entre radicales de los extremos políticos desembocó en los magnicidios de John Kennedy y de su hermano Robert, el de los dirigentes afroamericanos Martin Luther King y Malcom X o el intento de asesinato del gobernador racista George Wallace en 1972. Los diarios de Arthur Herman Bremer, autor del intento de asesinato, inspirarían el guión de Taxi Driver.

En los 80, en el clímax de la Guerra Fría y el discurso belicista reaganiano, las víctimas serían el mismísimo Ronald Reagan y el cantante John Lennon, asesinado por Mark David Chapman, un desequilibrado obsesionado con Holden Caudfield protagonista de la novela de culto The Catcher in The Rye, de Salinger. Sobre Chapman, se ha rodado una película, Chapter 27.

Loughner, en tiempos estudiantiles

Loughner, en tiempos estudiantiles

Loughner parece compartir con Chapman su afición a la literatura. O a la escritura, en todo caso, aunque no incluye The Catcher in the Rye entre sus libros favoritos. Los videos de Loughner están plagados de referencias al control mental por medio del control gramatical. Sus delirios, sin embargo, no son del todo descabellados ni su curiosa gramática es sólo fruto de su perturbación. Al parecer, Loughner es admirador de David Wynn Miller, ultraderechista opuesto al gobierno federal y al pago de impuesto, quien asegura haber creado una nueva gramática para defenderse de la intervención gubernamental en la vida de los ciudadanos.

Sobre el intento de magnicidio de Reagan, creo, no se ha rodado nada importante. No obstante, el suceso estuvo relacionado estrechamente con el cine, y no sólo porque Reagan fuera actor. Si el intento de asesinato de Wallace inspiró Taxi Driver, con Reagan ocurriría lo contrario: la película inspiraría a John Hinkley a cometer su crimen. Como Travis Bickle, quien trata de asesinar a un candidato presidencial para impresionar a Betsy (Cybill Shepherd); Hinkley trataría de matar a Reagan para impresionar a Jodie Foster, también protagonista de la película de Scorsese.

The Parallax View

The Parallax View

Las convulsiones políticas de los 50 y 60 también inspirarían la llamada Trilogía de la Paranoia Política de Alan J. Pakula. Particularmente, The Parallax View, protagonizada por Warren Beaty y cuya estructura dramática sigue a pie juntillas las convenciones de las historias sobre paranoicos perseguidos que, convertidos en una pieza de un engranaje conspirativo, terminan convertidos en magnicidas en contra de su voluntad.

Jared Lee Loughner, por su parte, parece ser productor del discurso violento que priva en la diatriba política estadounidense actual, potenciada en los últimos años por el fenómeno antigubernamental del Tea Party, de que muchos dirigentes radicales republicanos, empezando por Sarah Palin, se han aprovechado. Pero en sus videos, Loughner añade a la conspiración política, un nuevo elemento: el económico. Loughner hace referencias a la creación de una nueva moneda como factor de control gubernamental. La idea, aunque delirante, también puede ser tomada como una referencia cinematográfica. ¿Acaso se trata de una referencia directa a las teorías económicas conspirativas expuestas en los falsos documentales Zeitgeist?

Lo económico no es la única novedad en el caso de Loughner. También está el tema de las redes sociales. Loughner acaso sea, sino el primero, el más notorio magnicida en usar las redes sociales y la tecnología digital para difundir su “pensamiento”, en un ambiente de confrontación política amplificada asimismo por Internet. Puede que sea el mejor, aunque no menos trágico ejemplo, del Magnicida 2.0. Fue en una página de MySpace donde anunció lo que haría. A las 5:00 am del sábado, escribió:

Adiós. Queridos amigos. Por favor no se molesten conmigo.

No encontré un perfil suyo en Facebook. Si lo tuvo, quizás ya lo hayan tumbado. O quizás puede que la ausencia de su perfil en Facebook sea una de sus características más relevantes de los nuevos magnicidas: no tienen muchos amigos. Ni siquiera, virtuales.

Leer más | Lista de películas sobre conspiraciones

Bajas pasiones en el cine, la envidia: Gangster No. 1

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De todas las pasiones, de las bajas pasiones, la que menos entiendo, la que más me fascina y me desconcierta, la que más incómodo me pone, es la envidia. Me da la impresión de que es incluso la más difícil de ocultar y la que más vergüenza ajena despierta. Es tan arrolladora, irracional y primitiva que lleva al envidioso a cometer las más terribles barbaridades y disparates en público, a decir sin querer los peores insultos, a causar daño sin remordimiento. Digo sin remordimiento, pero no sé. Siempre me ha intrigado saber qué piensa un envidioso de sus peores actos cuando se encuentra a solas y reflexiona sobre sus actos.

Gangster No. 1

Gangster No. 1

Puede parecer extraño, pero he sido testigo de incontables episodios de envidia. Les juro que he visto gente enverdecer (¿o sería más apropiado decir ‘reverdecer’?) de envidia. No es un dicho, no es una metáfora: de verdad vi a una persona ponerse, literalmente, verde de la envidia. Sí, la envidia es verde. Pero no del verde tipo viejecilla de Habana Eva. No, la envidia es de un tono de verde bilial. Verde bilioso. Verde-bilis —a pesar de que el filósofo español, el recordado Carlos Gurméndez, en su Tratado de las Pasiones, insista en que la envidia no es verde, sino amarilla. Sí, estos ojos que se han de comer los gusanos, vieron cómo la piel de aquella persona fue adquiriendo un tono verde-bilis, como si la vesícula no le funcionara bien.

He visto cómo competidores, traicionados por la envidia y la derrota, rompen la copa del ganador. He visto gente gastarse lo que no tiene —y más— para equipararse y superar al vecino envidiado. He visto algunos envidiar a sus parejas y hacer todo lo posible por arruinarle la vida; aunque ello signifique arruinarse la propia. He sabido de sacerdotes católicos, santos hombres de Dios, envidiosos del éxito de sus colegas. E, incluso, llegué a conocer un raro tipo de envidioso, un envidioso consciente de su propia envidia y que llegó a extremos de confesárselo al envidiado:

Chico, ¿sabes lo que pasa? Lo que pasa es que yo te envidio. Te envidio, c… ¡Te envidio! ¡Y quiero que lo sepas para que te duela! ¡no es amistad: es ENVIDIA!

Karen

Karen (Saffron Burrows)

O algo por el estilo. Sí, yo sé que es raro. Es tan raro que quise poner esa escena en un guión y mi coguionista de entonces la eliminó, por inverosímil. Usualmente, el envidioso trata de disimular, patéticamente, su envidia, no la proclama a los cuatro vientos —llamémosla ‘envidia estentórea’. Y mucho menos, se lo hace saber al envidiado. Porque se arriesgaría a perderlo. Y el envidioso no puede permitirse perder al envidiado. El envidioso es un ser incompleto que necesita del envidiado para sentirse completo. Vive en función de lo que le falta y que sólo el otro puede suplir. Sin embargo, es un deseo condenado a la insatisfacción. Porque el envidioso no envidia lo que tiene el envidiado. O quizás envidia lo que no puede tener: envidia lo que el otro es. Ya que nadie puede ser el otro, por mucho que se esfuerce. Puede que a veces lo logre, pero sólo momentáneamente.

De modo pues que ya no sé si la fascinación con la envidia es consecuencia de haber conocido o tratado tantos envidiosos; o si la fascionación me ha llevado a conocerlos, a ser testigo de sus manifestaciones. Ojo: no estoy diciendo que sea un envidiado. No. Simplemente, quiero decir que he podido ver manifestaciones de envidia con bastante regularidad.

Paul Bettany

Paul Bettany, el nuevo Malcolm McDowell

No creo que sea debido a mi carrera. Tampoco creo que los que se dedican a las artes, los artistas, sean más propensos a la envidia. En realidad somos envidiosos en tanto que humanos. Y todos sentimos envidia de una u otra forma, en una u otra medida. Nadie es inmune. Todos, independientemente de sus profesiones, podemos llegar a ser víctimas de tan negativa pasión. A pesar de que exista eso que llaman “sana envidia” —mentira: no hay nada sano, no puedo haberlo, en tan devastador sentimiento—. Lo mismo da que seas actriz, director, escritor, peluquero, miss o bombero. O un vulgar pandillero, un gangster. Como el gangster que interpretan Malcolm McDowell y Paul Bettany en Gangster No. 1, de Paul McGuigan.

Nota: a partir de aquí puede que se revelen detalles importantes de la trama de la cinta, así que recomendamos verla primero y leer después…

Feddie Mays

Feddie Mays (David Thewlis)

Hace días, fui testigo de otro episodio de envidia que me recordó esta película de hace una década. Se trata de una historia que explora la envidia en un un contexto sin ley donde debe privar el honor y la lealtad (¿fue Bob Dylan quien dijo que se necesita de mucho honor para vivir al margen de la ley?) para contener la brutalidad. Después de un breve discurso introductorio a cargo del innombrado gangster del título, donde nos hace aclara que idiota no es, el film se inicia con una noticia que le cae fatal: Freddie Mays (David Thewlis) acaba de salir de prisión. en el rostro del Gangster No. 55 se dibuja el inicio del fin. Por muchos años había podido ser otro, mientras Mays estuvo en prisión, había podido ser otro. La ausencia de Mays le había permitido ser el otro. Pero esto sólo lo sabremos luego, porque al fin y al cabo hemos venido a ver una película de gangsters, no de envidiosos.

Gangster No. 55

Gangster No. 55 (Malcom McDowell)

De allí en adelante, en sucesivos flashbacks, se nos cuenta la relación entre el capo Mays y su protegido, el Gangster 55, interpretado en su juventud por Paul Bettany (aquí uno no puede más que hacer notar su extraordinario parecido con el joven McDowell de A Clockwork Orange). Pronto sabremos que el Gangster 55 quiere ascender en el escalafón y llegar al puesto de su jefe, el gangster número 1, el distinguido y suave Freddie Mays.

Pero en un plano más profundo, lo que vemos es el desarrollo y ejecución de un plan movido única y exclusivamente no por la ambición, sino por la envidia. El Gangster 55 quiere ser tan distinguido y elegante como Mays. Sueña con tener una mujer como la suya, la espigada y delicada Karen (Saffron Burrows). El Gangster 55 quiere ser Mays. Ya no se trata de arrebatarle su puesto, sino de aniquilarlo, humillarlo, desmoralizarlo, pisotearlo para ubicarlo al nivel de su propia mezquindad y mediocridad. Al nivel de su brutalidad e irracionalidad.

Gangster No. 55. Brutal Bettany

Gangster No. 55. Brutal Bettany

Pero ya se sabe, lo que de uno, de uno es. Y nadie te lo puede arrebatar. De modo que todos los intentos del Gangster 55 estarán condenados al fracaso. Y esto lo sabemos casi que de antemano en la película. No hay forma de que aquel patán cabezón, sin escrúpulos y sin estilo, en que termina convertido el que fuera un apuesto Gangster 55, se convierta ni en la sombra de Freddy Mays. Todo lo contrario: sabemos que la destrucción del envidiado Mays significará su propio aniquilamiento.

Gangster No. 1 es un film brutal. Contiene una de las escenas más violentas de la historia del cine: aquella en la que el joven Gangster 55 se prepara para acometer un desmembramiento. No obstante, lo que lo hace único es la exploración de la envidia, esa baja pasión devastadora, como motor del mundo gangsteril. Y en este sentido, el clímax de la historia, el enfrentamiento entre Freddie Mays y el Gangster 55 es quizá una de los retratos más perfectos de la envidia en el cine:

Who’d wanna be Freddie Mays?

Otro film que trata en el cine la envidia es The Talented Mister Ripley, adaptación de Anthony Minghella de la escabrosa novela de Patricia Highsmith. Pero ya este post está muy largo y hace mucho que vi la película y leí la novela. Prometo una nueva entrega, más adelante.

Canino (Kynodontas – Dogtooth), brutal economía narrativa

Kynodontas (Canino - Dogtooth), de Giorgos Lanthimos

Kynodontas (Canino - Dogtooth), de Giorgos Lanthimos

Bien sabido es que la represión sexual conduce, o se manifiesta como neurosis en última instancia. Y que la neurosis ancla al individuo en el pasado. En un pasado idealizado que nunca fue. De alguna manera, la neurosis es pues, reaccionaria. El neurótico es alérgico al cambio, a la innovación, a la juventud, a la evolución. Por eso se encierra física y psíquicamente en sí mismo. En ese único lugar que no cambia, que se mantiene incólume, inalterado, que es su propio yo. Su yo pretérito. Ese que imagina, alguna vez fue.

Kynodontas (Canino —o Incisivo) del realizador griego Giorgos Lanthimos —acaso una de las mejores películas estrenadas el año pasado— es un inusual retrato cinematográfico de la neurosis moderna y sus consencuencias.

Kynodontas (Canino - Dogtooth), de Giorgos Lanthimos

Kynodontas (Canino - Dogtooth), de Giorgos Lanthimos

Siempre resulta sorprendente cómo en el cine, menos es más. Seis personajes, un par de locaciones y una total economía narrativa y visual, bastan para crear no sólo un mundo retorcido y surrelista; sino además la metáfora satírica de un moralismo totalitario, del paternalismo, la represión sexual o del nacionalismo. Porque allá en el fondo, Kynodontas también es una crítica corrosiva y feroz del movimiento antiglobalización, del patriotismo, del conservadurismo. En fin, inserte usted aquí el “ismo” de su preferencia.

Afiche del film Kynodontas (Canino - Dogtooth), de Giorgos Lanthimos

Afiche del film Kynodontas (Canino - Dogtooth), de Giorgos Lanthimos

Desde luego, la mayoría de todas estas cosas ni siquiera están sugeridas o implícitas en la trama. La historia es sencilla: un padre, autoritario y violento, mantiene confinados a sus tres jóvenes hijos (un muchacho y dos chicas) y a su esposa, para mantenerlos alejados de la perversión del mundo exterior. A los jóvenes les ha inventando un hermano imaginario, condenado al ostracismo por su desobediencia. Los tres viven bajo un régimen —¿educativo?— que los reduce al nivel de bestias, de animales, de perros. Es un mundo misógino, machista y brutal. En este mundo regido por el miedo, la violencia, la ignorancia, donde a cada nueva palabra se le asigna un significado distinto, sólo entra muy de vez en cuando Cristina, una vigilante encargada de satisfacer las urgencias sexuales del hijo varón. Pero con Cristina también entran las “amenazas” del mundo exterior y pronto la situación se sale de control. La violencia y las perversiones no demoran en aparecer. Y todo, con un trasfondo de pulsiones sexuales en ebullición.

Es muy desconcertante cómo la película oscila —o nos hace oscilar— entre la hilaridad y el terror más puro, prácticamente sin solución de continuidad. Desconcierta, si. Asusta, también. Provoca risa, sí, pero risa nerviosa.

Lo curioso es que para contar esta fábula terrible y graciosa al mismo tiempo, Lanthimos se vale de una puesta en escena descarnada, desnuda, cercana al conceptualismo. Fría, a primera vista; poco a poco se revela despiadada. Una narrativa, a ratos, sutil. Pero de repente y sin previo aviso, explícita. Tan explícita que sacude al espectador desprevenido. Sus encuadres, fijos, en más de una oportunidad, decapitan personajes, reduciéndolos a meros cuerpos sin identidad. Cuerpos, despersonalizados, desalmados. No-gente.

Mary Tsoni, Hristos Passalis y Aggeliki Papoulia, protagonistas de Kynodontas (Canino - Dogtooth), de Giorgos Lanthimos

Mary Tsoni, Hristos Passalis y Aggeliki Papoulia, protagonistas de Kynodontas (Canino - Dogtooth), de Giorgos Lanthimos

Desde luego, esta composición no sería posible sin el extraño, pero extraordinario, trabajo del sexteto de actores. Sobre todo, por el trabajo de los encargados de interpretar al trío de jóvenes —Mary Tsoni, Hristos Passalis y Aggeliki Papoulia— devenidos en bestias humanas. Son actores interpretando los animales escondidos dentro de esos cuerpos: perros, gatos , peces, aves. Una vez más: no-gente.

Kynodontas es una rara avis en el panorama cinematográfico actual. Con una puesta en escena finamente balanceada entre lo sutil y lo explícito, que le saca el máximo provecho a la economía narrativa y con un arriesgado y valiente trabajo actoral; es una despiadada metáfora de la represión sexual y sus secueles, de la neurosis del hombre moderno, pero también el retrato de la sociedad cuando es sometida por el miedo y la ignorancia.

Kynodontas | Trailer

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Kynodontas | Trailer (NSFW)

Hitchcock también era más libre en la TV

Alfred Hitchcock

Alfred Hitchcock, libertad en la TV

Acaso exageramos cuando dijimos, días atrás, que la gran renovación del formato de las series de TV había ocurrido a partir de Twin Peaks, de David Lynch. Bueno, no sólo nosotros exageramos. También, probablemente, Scorsese.

Ya en 1957, en la famosa entrevista que le hizo Pete Martin, Alfred Hitchcock hablaba de la libertad creativa que le permitía la televisión, impensable en el sistema de estudios de Hollywood. Y mucho ojo a la conclusión del viejo Hitch sobre la satisfacción de los espectadores, al final de su razonamiento:

Nunca he pensando que mis películas fueran productos fundamentalmente comerciales. No obstante, normalmente he tenido que enfrentarme a la firme insistencia por parte de los responsables de los estudios para los que he trabajado de que la historia terminase bien. En esta comunidad, si uno no concluye las películas con lo que se ha dado en llamar un final feliz, incurre en un pecado imperdonable, se convierte en lo que Hollywood llaman “un aguafiestas”. Si bien en círculos cinematográficos se niega acaloradamente que el espectador medio tenga una inteligencia equivalente a la de un quinceañero, y aunque toda una serie de personas del mundillo da por supuesto que la televisión es sólo para retrasados mentales, la verdad es que a los que hacemos películas para televisión se nos permite indistintamente terminar o no las historias con un final feliz. Así pues, a pesar de las quejas de algunos guionistas televisivos, disponemos de más libertad en la TV de la que se nos concede en el cine. Quizás esto sólo demuestre que la gente está dispuesta a aceptar un tipo de entretenimiento más maduro cuando no tiene que pagar por él. Puede que tenga la impresión de que cuando paga por ve runa película ha comprado el derecho a salir de ella sintiéndose satisfecha.

Alfred Hitchcock produjo y presentó entre 1955 y 1965, dos series de televisión, Alfred Hitchcock presents y The Alfred Hitchcock Hour. Quizás ustedes alguna vez hayan escuchado la inquietante canción de presentación:

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La serie pronto alcanzó un inusitado éxito, no sólo por las historias macabras, sino también por la personalidad arrogante y desdeñosa del anfitrión, Hitchcock mismo, quien no perdía oportunidad de ridiculizar a sus patrocinadores. Interrogado sobre el particular, responde:

Sospecho que a los patrocinadores les gusta que no me muestre obsequioso, aunque al principio les costara habituarse a ello y se sintieran ofendidos por algunos de mis comentarios menos respetuosos. Sin embargo, en cuanto se dieron cuenta, tras echar un vistazo a sus cifras de ventas, de la repercusión comercial de mi menosprecio, dejaron de cuestionar mis puyazos. Hay que reconocer que les costó lo suyo acostumbrarse. La tradición manda que el patrocinador sea el niño mimado de la casa. En semejante ambiente yo era una novedad.

Carlos, de Olivier Assayas, una reseña

Póster de Carlos de Olivier Assayas

Póster de Carlos, de Olivier Assayas

Vicente Ulive-Schnell es venezolano, escritor y cineasta, y reside en París. Ya ha visto Carlos, de Olivier Assayas, la biografía cinematográfica y televisiva (sí, seguimos con el tema de las teleseries) de Ilich Ramírez, mejor conocido internacionalmente como Carlos. A continuación, su reseña sobre el filme:

“Carlos” de Olivier Assayas: un “superfilm”, de guerrillero a mercenario

Una de las películas más esperadas en Francia este año es sin duda la cinta de Olivier Assayas, “Carlos”, que intenta dar vida a la historia del terrorista venezolano. Dirigida por el respetado y discreto cineasta galo que ha producido algunas joyas recientes como “Clean” (2004) y “Boarding Gate” (2007) y protagonizada por el venezolano Edgar Ramírez, “Carlos” fue precedida de una agresiva campaña publicitaria que seguramente dará los resultados esperados en taquilla.

Ahora bien, a pesar de todos los aspectos positivos que podemos encontrar en la película, el trabajo de Assayas peca de los mismos errores de muchos biopics recientes: la pérdida de la línea narrativa dentro de la vida de un personaje tan fascinante y contradictorio que el propio director parece querer filmar hasta el más mínimo detalle. Error de edición o cameraman gatillo alegre, “Carlos” se presenta como una serie de televisión y/o una película de 3 horas. Esto estaría bien si fuese la primera vez en años que se le ofrece al espectador esta propuesta, pero después del “Ché” de Soderberg, con sus dos partes y sus “proyecciones especiales” en ciertos teatros de las más de cinco horas seguidas, se hubiese esperado que Assayas pensara mejor cómo presentar su trabajo.

El propio Assayas describe el proyecto como un “superfilm”, una película que no se adscribe al formato televisivo o cinematográfico sino que “cuestiona las fronteras del cine” (revista Trois, mayo de 2010). “Carlos” nace de una apuesta de Canal+ de dar rienda libre al director, lo cual le permitió imponer criterios imposibles dentro del cine convencional: rodar sin una estrella de renombre, en lengua extranjera y de duración excesiva.

Entonces, después de haber aclarado esto, vale la pena hablar de los méritos y las limitaciones de la cinta. Todos estos son un subproducto de la escogencia de rodar un “superfilm” de la parte de Assayas. Resulta que la película se balancea entre la estética y la narrativa del telefilm y el cine, a veces de manera violenta y forzada. Para empezar, el etalonaje de los colores y la escogencia de una imagen lavada/sobreexpuesta parece responder a las necesidades del telefilm más que al cine, por lo cual el espectador acostumbrado al ambiente sombrío desarrollado por Assayas en “Clean” se sorprenderá. Sin embargo, cuando la película flexiona sus músculos de superproducción cinematográfica, como en todas las reproducciones de las ciudades y países de la época: Damasco, Beirut, Argelia, París, etc., el resultado es totalmente convincente. Decenas de extras, automóviles de la época, cigarrillos; Assayas trabajó meticulosamente todos los detalles, lo cual se erige en uno de los puntos más favorables de la película.

Edgar Ramírez es Ilich Ramírez, 'Carlos'

Sin duda, la revelación de la película y su aspecto más glorioso se resume en dos palabras: Edgar Ramírez. Impresionante. Brutal. Crudo y creíble

Es por esto que el trabajo decepciona cuando vira furiosamente hacia las técnicas del telefilm en medio de una puesta en escena magistral. ¿Tiene otra explicación el hecho de que todas, absolutamente todas las transiciones entre escena y escena, se realicen con fundido a negro? Y me permito una digresión personal: ¿Puede haber algo más aburrido y poco creativo que el fundido a negro, seguido de un fade-in en la próxima escena? Esto responde evidentemente a una necesidad televisual, un cariñito a Canal+ para que puedan insertar propagandas donde mejor les plazca. Sin embargo, cuando el espectador asiste al cine espera ver algo más que una serie proyectada en la gran pantalla.

Este va-et-viens entre televisión y cine resulta catastrófico en otras partes de la película, sobre todo en lo que respecta a las decisiones de edición y ritmo. Si bien es cierto que las series televisivas se caracterizan por una aceleración de la trama, un apogeo y una resolución que nos conducirá hacia el capítulo siguiente, hacer esto en una película varias veces, parece ser una idea malísima, si tomamos “Carlos” como referencia. La cinta empieza de manera explosiva, imponiendo un ritmo frenético que nos mantiene pegados al asiento, de hecho, no ha pasado ni media hora de largometraje y ya estamos siguiendo a Carlos en el famoso secuestro a la OPEP. Acá veremos asesinatos, sangre, acción… Y luego pasaremos dos horas y media viendo a Carlos filosofar sobre el imperialismo, beber y comer, todo a ritmo de caracol escargot francés.

Sin embargo, se puede creer que estamos siendo demasiado injustos o severos con la película. Es verdad: personalmente, la ocasión desperdiciada me duele más que la película mala desde el principio. Porque “Carlos” tenía todo para ser una película memorable. “Carlos” podía haber sido la película del año. Han sido las pequeñas cosas, la idea estrafalaria de hacer un “superfilm”, la edición de serie de televisión, las transiciones dignas de 24 con Kiefer Sutherland, lo que opaca los elementos más geniales de la cinta.

Sin duda, la revelación de la película y su aspecto más glorioso se resume en dos palabras: Edgar Ramírez. Impresionante. Brutal. Crudo y creíble. Si no fuera por el trabajo del venezolano, esta cinta iría directo a la sección straight-to-DVD, de películas sin distribución. No digo esto como apologista de Ramírez, soy de los que, después de haberlo visto en 3 o 4 películas, todavía no lo había visto actuar. Ya fuese con su interpretación “no puedo creer que esté en esta película” de la serie Bourne, su caricatura malandra-risible a lo DJ 13 en Domino, o el peor Cyrano en la historia de la obra, admito que el nombre de Ramírez no me inspiraba para nada confianza (ni hablamos de cuando se le ocurrió hacer Venezzia).

En cambio, en “Carlos”, Edgar Ramírez *es* la película. Aparte de un trabajo físico remarcable que lo lleva a engordar, adelgazar y cambiar de apariencia a lo largo de su interpretación, el venezolano convence, se muestra carismático y nos lleva de la mano en la transformación del personaje de un “guerrillero” a un vulgar mercenario.

Este último aspecto es el otro gran logro positivo del trabajo de Assayas. El director francés se esfuerza en interrogar el ethos de su protagonista y nos conduce a través de su “lucha” contra la opresión mundial que desemboca, predeciblemente, en el mercenariato a favor de los intereses más retrógrados del planeta. Assayas logra seguir a su personaje en esta transformación, en gran parte debido a un gran reparto que nutre el discurso revolucionario de la época.

Es por todo esto que es lamentable que las cuestionables escogencias técnicas y estéticas hayan perturbado la historia. No es exagerado decir que cualquiera que vea la película encontrará, fácilmente, 20 minutos de sobra que se hubiesen podido eliminar en la edición para darle más fuerza a la narración. Es una lástima que, si comparamos el trabajo de Assayas con la excelente “Mesrine” de Jean-François Richet del año pasado, podemos entender lo que “Carlos” hubiese debido ser. Rodada directamente para el cine, la doble película con Vincent Cassel a la cabeza sigue la vida real del enemigo público número uno de Francia, quien se escudaba en un discurso anarquista. “Mesrine” se destaca porque Richet intenta construir y resaltar la interpretación de Cassel. Assayas, en cambio, parece haber hecho todo lo posible por estorbar el excelente trabajo de Ramírez.

En fin, dado el desierto cinematográfico actual, “Carlos” es una película altamente recomendable, insisto, gracias a Edgar Ramírez. Pero igual que el terrorista venezolano pasó su vida pensando en lo que pudo haber logrado, la cinta de Assayas, buena ma non tropo, nos hace extrañar lo que la película hubiese podido ser al simplemente ponerse de acuerdo sobre qué filmar: un telefilm o una película.

Vicente Ulive-Schnell.

De Hollywood a Chollywood, ¿será China la nueva potencia cinematográfica mundial?

A woman, a gun and a Noodle Shop

A woman, a gun and a Noodle Shop

Hace poco publiqué en Twitter un enlace a una curiosa nota publicada por The Guardian. En la pieza se hablaba del remake chino de Blood Simple, ópera prima de los hermanos Coen, que había sido realizado por el veterano realizador Zhang Yimou. Ambientada en la polvorienta provincia de Gansu en la antigua China feudal, el film fue aclamado en el pasado festival de Berlín y ha sido un éxito de público en China. Se titula A Woman, A Gun and a Noodle Shop.

Pero más allá de la curiosidad de ver un remake “al revés”, la nota del diario británico pone de relieve las implicaciones económicas del asunto. Con una población de casi dos millardos de habitantes y una economía capitalista en pleno florecimiento, existen no pocas probabilidades de que el gigante asiático desplace a Hollywood como la potencia cinematográfica mundial en un futuro no muy lejano. Más aún, apunta el artículo, cuando la economía estadounidense está técnicamente en bancarrota.

Blood Simple tampoco es el único remake de una película americana realizado para las vastas audiencias chinas. Se sabe que se está desarrollando una adaptación de la comedia romántica What Women Want, protagonizada por Gong Li y Andy Lau, por ejemplo. O allí está el caso de High School Musical: China. Por otra parte, China también podría convertirse en la fuerza financiera de muchas películas de un Hollywood moribundo. Allí está el ejemplo del remake de The Karate Kid, un proyecto de un estudio de Hollywood financiado por China Film Group Corporation, la empresa estatal cinematográfica china.

¿Alguien sabe de algún curso barato de mandarín?

A Woman, A Gun and a Noodle Shop | Trailer

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Martin Scorsese y la televisión: ¿es la TV el futuro del cine?

True Blood

True Blood, el vampirismo bien tratado

Puede que sea seguro decir que ésta ha sido la década de la televisión. De la televisión por cable, al menos. La renovación creativa que comenzó a finales de los 90′s con Twin Peaks, de David Lynch, se ha extendido y consolidado con series como Los Sopranos, House MD., Six Feet Under y más recientemente, True Blood, Dexter, Mad Men o The Wire, —el Citizen Kane de las nuevas teleseries. Y esas, tan sólo por nombrar un puñado y sin contar The Office, Entourage, Weeds o, bueno, Lost —¿creían que se me olvidaba? O las series documentales de vanguardia de Adam Curtis, como The Power of the Nightmares o The Trap.

Weeds

Weeds, una serie impensable en los 80's y 90's

El asunto no se agota en el mero éxito que estas series que puedan tener, sino en sus aportes al lenguaje cinematográfico. Cuando las películas de Hollywood (y el cine de buena parte del mundo), por imposiciones económicas (de distribución y exhibición) se vuelven cada más conservadoras —por no decir que se infantilizan, se hacen cada vez más pueriles— temática, moral, política, estética, dramática y narrativamente; los productores, realizadores y escritores de teleseries parecen contar con mayor libertad para tomar riesgos artísticos.

No sólo tratan temas adultos con mayor desparpajo e incorrección que Hollywood en sus películas, sino que se atreven dinamitar la forma y la estructura dramática con narrativas no lineales, deconstrucciones espacio-temporales y hasta surrealismo (elementos todos presentes en Twin Peaks, valga decir). Hay capítulos de House que bien podrían haber sido dirigidos por el Alain Resnais de El año pasado en Marienbad. Los Sopranos incluía capítulos que habrían sido aprobados vigorosamente por Buñuel. True Blood no parece otra cosa que la respuesta televisiva a la saga cinematográfica de Twilight.

(Aunque, la verdad sea dicha, también resulta curioso comprobar que el florecimiento del seriado televisivo coincide con el auge de la popularidad de la anti-ficción y la anticreatividad: la televisión realidad o reality TV. A pesar de esto, tampoco es de extrañar que la apreciación cinematográfica de un televidente aficionado a las series de ficción, a las buenas series, esté al mismo nivel que el del más empedernido amante del cine de arte y ensayo).

Todo lo anterior es un reto formidable para el cine contemporáneo de vanguardia: ¿qué —y de qué manera— mostrar que la televisión no haya mostrado y popularizado ya? En cuanto a actores, realizadores y escritores, puede que las teleseries sean una buena vía de escapa a la rigidez de la industria hollywoodense. Para empezar, los sueldos no son nada desdeñables, si hemos de darle de crédito al artículo publicado por TV Guide y que Hernán Casciari reproduce en Espoiler.

Martin Scorsese

Martin Scorsese

Por su parte, la lista de productores, directores y escritores que incursionan en la TV no cesa de crecer. Y Martin Scorsese ha sido el último en sumarse a la tendencia.

El autor de Taxi Driver y Ranging Bull se encuentra desarrollando para la cadena HBO, Boardwalk Empire, una serie sobre los años de la Prohibición (de alcohol) en los Estados Unidos. Scorsese desarrolla la serie conjuntamente con Terence Winter (Los Sopranos) y dirigirá el capítulo piloto, pero no descarta dirigir otros episodios más. El director de clásicos del cine criminal como Godfellas, Casino y Gangs of New York, dice haberse sentido siempre fascinado por los grandes jefes criminales de la época de la Prohibición, como Capone o Luciano:

Para mí fue una oportunidad para encuadrar ese mundo y comprobar cómo los personajes interactuaban en ese momento.

Sobre su decisión de incursionar en la televisión, Scorsese explica:

Lo que ha pasado en los últimos 9 o 10 años, sobre todo en HBO, es lo que habíamos esperado que sucediera en los años sesenta con las películas realizadas para la televisión. Esperábamos que hubiera este tipo de libertad y también la posibilidad de crear otros mundos y otros personajes en historias de largo aliento. Eso no sucedió en los años setentas, ochentas y en la década de los noventas, creo.

¿Es la televisión, sobre todo, la televisión por cable y sus variantes (léase: Internet) el futuro del cine? ¿Cuáles son a su juicio las series más vanguardistas de los últimos años? Sus opiniones y comentarios son bienvenidos.

Boardwalk Empire | Making Of

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Vía | Deadline Hollywood

Arte, sexo, violencia y censura (II): el escándalo de “Fatty” Arbuckle

Fatty Arbuckle, cabeza de turco del moralismo estadounidense

Esta es la segunda entrega de una serie de artículos sobre la censura de obras artísticas (sobre todo, gráficas y cinematográficas) como una forma de prevenir conductas violentas o sus (supuestos) efectos nocivos. No se trata de un estudio, sino simplemente de poner en perspectiva el asunto. Pueden leer la primera parte aquí  

La historia es muy conocida. Se trata quizás del primer gran escándalo de Hollywood y constituyó la coartada perfecta para redactar y aplicar un estricto código de censura que regiría durante décadas la producción cinematográfica estadounidense.

El 5 de septiembre de 1921, en las habitaciones 1219, 1220 y 1221 del hotel Saint Francis, en San Francisco, tenía lugar una fiesta salvaje. El licor, ilegal entonces, corría a raudales y la música y las risotadas alborotaban los pasillos.

El anfitrión era el inmenso y talentoso Roscoe “Fatty” Arbuckle. Considerado el comediante más importante del cine de entonces, era la estrella mejor pagada. Se había abierto camino hacia el estrellato desde una infancia miserable y ahora firmaba contratos millonarios. Había sido el mentor de Charles Chaplin y Buster Keaton entre otros actores y comediantes. Era dueño de una melodiosa voz y de una agilidad inusitada para un hombre tan voluminoso. También era un extraordinario bailarín. Y, a pesar de todo, se decía, era muy tímido con los mujeres.

Esa noche, Arbuckle encontró tendida en el baño de su habitación a una de las invitadas a la fiesta. Se llama Virginia Rappe y era aspirante a actriz. Era una mujer de salud delicada. Sufría de problemas renales, había tenido varios abortos recientes. Su precaria salud se resentía con sus afición a la bebida, aún más cuando el alcohol destilado clandestinamente solía ser de muy mala calidad, y con su estilo de vida, de fiestas interminables y promiscuidad.

Rappe fue examinada por el médico del hotel, quien no le diagnosticó nada de importancia. No obstante, al cabo de un par de días, su salud empeoró y falleció.

Allí comenzó el fin de la exitosa carrera de “Fatty” Arbuckle. Otra de las invitadas a la fiesta, Bambina Maude Delmont, acusó al comediante de haber violado a su amiga Virginia. El representante de Delmont, Al Semnacker, posteriormente también le acusaría en una rueda de prensa de haber violado a Virgnia con un pedazo de hielo.

El detalle hizo salivar a los reporteros más sensacionalistas de la época. Pronto, el pedazo de hielo se transformó en una botella de Coca-Cola. Luego, en una de champagne. En realidad, Arbuckle había frotado con hielo el estómago de Rappe para calmar su dolor; y Delmont y su agente sólo buscaban extorsionar a una de las estrellas más adineradas de la época.

Arbuckle sería exonerado de todos los cargos en tres juicios sucesivos. A pesar de que en el último de los juicios, el jurado redactó una apología para el comediante —algo sin precedentes en la historia de la justicia estadounidense—, su vida y su carrera quedarían arruinadas para siempre.

Uno de los responsables fue el editor periodístico William Randolph Hearts, quien le sacó el jugo al caso en su cadena de diarios amarillistas, publicando noticias exageradas con lujos de detalles escabrosos. Como el mismo editor diría luego, desde el hundimiento del RMS Lusitania por parte de un submarino alemán, sus periódicos no se vendieron tanto como en los días del escándalo de “Fatty” Arbuckle. ante el escándalo, el público le dio la espalda al comediante.

El otro gran responsable de la debacle del actor se llamaba Will H. Hays. Republicano y mojigato, y era el presidente de la Motion Pictures Producers an Distributors of America —un eufemismo para comité de censura. Seis después de que Arbuckle fuera absuelto de los cargos, Hays le prohibió trabajar en toda película producida en los Estados Unidos, pidió que sus presentaciones fuesen canceladas y muchos exhibidores destruyeron las copias de las comedias del actor.

Aunque Hays invocó razones morales —o mejor dicho, moralistas— para justificar su veto, en realidad quería usar el caso como coartada para resolver un problema económico que traía de cabeza a los magnates de los estudios…

Fatty en Coney Island | Cortometraje

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Arte, sexo, violencia e infancia, una breve reseña sobre la censura (I)

¿Se han preguntado de dónde viene la idea de que una obra de arte, o del entretenimiento, puede incidir negativamente en la conducta humana? ¿No? Bueno, vayan a prepararse su bebida favorita porque la respuesta va a ser larga. No, no la pienso publicar toda hoy, para darle un poquito de suspense al asunto.

Pero para engancharlos, les adelantaré que tiene todos los ingredientes inherentes a toda buena historia: asesinos y muertes, escándalos y periodistas sensacionalistas, gentes de clases altas e individuos de la peor calaña, políticos santurrones y cruzados contra el crimen, súper héroes, psicópatas, psiquiatras, orgías, sacerdotes católicos…

Antecedentes: de la manzana de Adán al negocio del cine

Puestos a trazar el origen de tal idea, quizás debamos remontarnos al lbro de Génesis mismo, en el Viejo Testamento, cuando en lo que acaso sea la gran primera acción de censura conocida en la historia del cristianismo, a Adán y a Eva se les prohibe comer el fruto del árbol del bien y el mal, el árbol del entendimiento.

Estoy seguro de que todos saben cómo se desarrolla y cómo termina el cuento, de modo pues que voy a saltarme unos cuantos párrafos, y como este es un blog de cine, no de teología (aunque esta discusión tendrá mucho de religiosa), voy a ir directo al grano, al tema que nos interesa: la justificación de la censura de toda obra de arte (o del entretenimiento) para evitar su (supuesta) nociva influencia en la juventud (principalmente).

Remontémonos entonces a la génesis del ate cinematográfico, a principios del siglo XX.

En 1913, el gobierno estatal de Ohio (EE.UU), constituyó una comisión de censura encargada de revisar y aprobar las películas que serían exhibidas en el estado. Los distribuidores y exhibidores debían también pagar porque sus films fuesen aprobados (o, en todo caso, revisados). De paso, el comité tenía la potestad de ordenar la detención de todo aquel que exhibiese alguna película no censurada previamente.

Pronto, una distribuidora cinematográfica, la Mutual Film Corporation recurrió la decisión por vías legales. Aquel comité no sólo atentaba contra la libertad de expresión protegida por la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense, sino que además violaba varias cláusulas de comercio. El caso llegó hasta la Corte Suprema y en 1915 se dio a conocer el veredicto: que la exhibición de películas era simple y llanamente, un negocio y que por lo tanto, no estaba protegido por la Primera Enmienda.

En el texto de aquella decisión judicial, ya se hacia ver que las películas podían ser usadas con fines malignos y que por tal motivo, no podía desestimarse la aplicación de su censura previa.

La decisión judicial abonaría el terreno para lo que vino después…