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Kate, Sean y El Chapo, corrido del amor, del engaño y la traición

 

Viendo la miniserie documental de NetflixEl Día que conocí al Chapo, no dejaba de pensar en los notables paralelismos temáticos que tiene con el polémico ensayo de Janet Malcolm, El Periodista y el Asesino.

Malcolm inicia su texto con una frase devastadora y polémica como pocas:

Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno.

A partir de allí, Malcolm analiza las complejidades y contradicciones de las relaciones entre el periodista y su sujeto. Sus personajes principales son el periodista Joe McGinniss y el médico Jeffrey MacDonald, acusado de haber asesinado a su esposa y sus dos pequeñas hijas y el marco de la historia es el juicio por la demanda que MacDonald le pone a McGinniss por haberlo engañado para escribir el libro sobre sus asesinatos.

Según MacDonald, McGinniss le hizo creer que eran amigos para ganarse su confianza, sólo para traicionarlo posteriormente al escribir y publicar un retrato negativo sobre su persona. A Janet Malcolm le llama poderosamente la atención cómo el jurado se pone del lado del demandante, un monstruoso asesino; y en contra del periodista, un falso amigo, manipulador y traidor.

Para ella, la conclusión es obvia: para el jurado, la reputación de un médico que ha perpetrado a sangre fría un crimen espantoso, era aún más respetable que la del periodista que traiciono su confianza. ¿Era el engaño y la traición del periodista peor que, no uno, sino tres espantosos asesinatos?

Al ver el documental de Kate del Castillo, creo haber sentido por El Chapo y Sean Penn algo similar a lo que debió haber sentido Malcolm por MacDonald y McGinniss. ¿Cómo podía despertarme respeto, e incluso algo parecido a la ternura y piedad un ser que los medios de comunicación han retratado como un sanguinario e inescrupuloso narcotraficante como El Chapo? Y, lo contrario, ¿cómo ha podido causarme tanta repulsa Sean Penn, un actor de Hollywood talentoso, que alterna su carrera con el activismo humanitario y es famoso por su arrojo y valentía en tragedias como la del terremoto en Haití y al que incluso, en alguna oportunidad, he estrechado su mano?

Pues por lo mismo que el jurado del litigio MacDonald-McGinniss se puso del lado del asesino y no del periodista. El relato de Kate del Castillo es la versión que hace una mujer enamorada, que es engañada, manipulada, explotada y finalmente traicionada por un periodista al que sólo le interesa cubrirse de gloria al obtener una exclusiva. Como en el caso de McGinniss y MacDonalds, como espectadores sentimos que ese engaño y la posterior traición son peores que todos los crímenes que haya podido cometer El Chapo.

Esta sensación quizás sea provocada por la imagen de Guzmán que presenta el documental. Curiosamente, la de un cándido hombrecillo aficionado a las narcotelenovelas acaso, enamorado de una rutilante estrella de televisa. Y quizás, como algunos han aventurado, incapaz de discenir entre la actriz de carne y hueso y el personaje de ficción que encarna en la narcoteleserie, La Reina del Sur. Un señor humilde y galante, pero inseguro, que parece extraviado en esa trama de celebridades tequileras que se comunican en inglés entre sí y quieren hacerle grabar un vídeo.

La paradoja se ve aún más reforzada por la certidumbre de que El Chapo acaso sea el único personaje auténtico en medio de toda la gente fresa, rellena de silicona, colágeno y bótox que puebla el mundo del documental (a pesar de que él mismo parece haberse sometido a unas cuantas cirugías plásticas, pero probablemente más por gajes de su “oficio” que por vanidad), donde hasta algún agente de la DEA parece haberse “retocado” el rostro.

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Tanto el relato de Kate del Castillo sobre sí misma, como el reportaje de Penn sobre el encuentro con El Chapo que publicara Rollin’ Stone, me recordaron otro pasaje del libro de Malcolm referido al riesgo de traición (a sí mismo) accidental que existe en todo relato autobiográfico.

Al hablar del libro Héroes, de McGinnis, Malcolm acota:

Es una obra confesional que —igual que en muchos de estos ejercicios— confiesa algo diferente de lo que el autor piensa que está confesando; al convertirse en tema del libro el que hace la autobiografía se coloca en la situación de ser traicionado por sí mismo en no mejor medida que el personaje sobre el que escribe algún otro autor.

 

Con una candidez equiparable sólo a la del Chapo, Kate traiciona la imagen de estrella y empresaria emprendedora y segura de sí misma capaz de hacer product placement de su bebida con total descaro (los pocos momentos en que no parece auténtica), al revelarse accidentalmente como una mujer manipulable e insegura capaz de ponerse en peligro a sí misma con tal de complacer los caprichos del tipo del que se ha enamorado.

Claro, eso es incomparable a la traición a sí mismo de Penn, quien al situar el relato de la peripecia en primera persona, en vez de dejarnos con la idea del periodista intrépido capaz de tomar todo tipo de riesgos por una exclusiva, nos deja con la imagen del periodista que, al decir de Malcolm, es tan estúpido o engreído que es incapaz de ver que lo que está haciendo es ética y moralmente indefendible.