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Apuntes sobre la post-nostalgia, a propósito de Stranger Things

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¿Vivimos en la era de la post-nostalgia?

A finales de los años 90s, el recientemente fallecido escritor y periodista Alejandro Rebolledo, publicó en el semanario Urbe, si mal no recuerdo, una corta columna acerca de la muerte de la nostalgia.

Rebolledo se lamentaba de que con la popularización de la televisión por cable —y sus 57 canales donde no había nada que ver—, se habían acabado las animadas, nostálgicas conversaciones acerca los shows televisivos de nuestra infancia, una generación que invirtió buena parte de sus tardes de semana y mañanas sabatinas al frente de la TV. ¿Qué sentido tenía extrañar las aventuras interminables de los Robinsons espaciales si estaban a disposición de tu control remoto, de una forma más o menos constante?

El autor de Pim, Pam, Pum hablaba de un tiempo en que aún tenías que poner de tu parte para pescar los contenidos: revisar las programaciones de los canales y adecuar tu rutina y sacar tiempo para verlos. Ahora, con el advenimento de Youtube, Spotify, iTunes y similares, los contenidos están de forma inmediata, al alcance literal de tu mano, a la hora en que te apetezca —yo no tuve que invertir ni 10 segundos para encontrar el viejo video musical de El Jefe, para acompañar esta nota.

Si como dice la canción de Buggles, el video mató a las estrellas de radio, la red las revivió y las mantiene vivas, congeladas en el tiempo, condenadas a subsistir en una realidad alternativa. Pero lo que sí mató Internet fue a la nostalgia. No pasa un día en que alguien no rescate otro viejo programa, otro olvidado sketch televisivo,otro spot comercial incluso, y lo suba a la red para acabar con otro pedacito de añoranza. Si no recuerdas este anuncio de toalla sanitaria, no tuviste infancia. 

Al sol de hoy no sólo hemos perdido la capacidad de añorar los contenidos del pasado —al menos, ya no hablamos con tanto entusiasmo de Meteoro o Ultraman—, sino que estamos a punto de perder la capacidad de sentir nostalgia por las personas que dejaron nuestra vida. Hace algún tiempo, escribí en mi (ya desaparecida) bitácora personal un artículo, más o menos nostálgico, más o menos gracioso, sobre alguien que conocí en algún momento de mi vida y que yo pensaba desaparecido para siempre, una de esas personas encantadoras y a ratos insoportables, que se suelen describir con la frase de: “fulano es todo un personaje”. Poco después, apareció Facebook y ese personaje fue uno de los primeros en pedirme amistad. Tuve que correr a borrar aquella publicación y, de paso, todo mi blog, por si acaso aparecían más dolientes de mis notas —internet también mató una de mis bitácoras—. A veces, ni siquiera la muerte las borra. De vez en cuando el algoritmo de Facebook nos recuerda que ya no están.  Mi Buenos Aires querido, no habrá más penas, ni más olvidos.

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Pulp Fiction, la nostalgia en los 90s

Me intriga saber cómo afectará este mundo sin nostalgia a las generaciones del futuro, cuáles serán las consecuencias de la atrofia de la saudade.  ¿Y qué clase de arte crearán? El que sea, será un arte lo suficientemente joven como para no añorar ningún tiempo pasado que fue mejor, como en el canal de Youtube de Casey Neistat, de eso podemos estar seguros.

¿Morirá incluso la post-nostalgia o sobrevivirá en ejercicios post-nostálgicos como Strangers Things o The Get Down?

De la nostalgia en el cine al cine post-nostálgico

En los setenta, George Lucas recicló los viejos episodios de Buck Rogers y Flash Gordon para crear su opus magna, basada en la nostalgia pura: Star Wars. En los 80s, el mismo, esta vez con ayuda de Steven Spielberg, se valió de los lugares comunes del cine de aventuras del viejo Hollywood para crear otro ejercicio de añoranza, la serie de Indiana Jones. Ambas series, la del arqueólogo Jones y la de los rebeldes enfrentados a un imperio galáctico, devendrían en franquicias que recaudarían toneladas de dinero. Lucas y Spielberg, pero sobre todo Lucas, cuyo cine  hasta entonces estaba basada en la nostalgia —nostalgia del pasado como en American Graffitti, melancolía de anticipación como en THX— es que la nostalgia, bien aprovechada, vende.

indiana Jones, reencarnación del héroe infantil de los "baby boomers".
Indiana Jones, reencarnación del héroe infantil de los “baby boomers”.

Fue una lección de la que tomó nota en 90s, un nuevo realizador, surgido del extrarradio de los grandes estudios, llamado Quentin Tarantino. Destinado a convertirse en uno de los máximos exponentes de nuevo cine independiente estadounidense, a la hora de realizar su film más célebre, Pulp Fiction, Tarantino no sólo apeló a la añoranza del cine cutre de salas barriobajeras —cintas artes marciales chinas, westerns spaguettis italianos, historias de venganza mafiosos y boxeo de películas B— sino que además rescató del olvido de los espectadores a ídolos pop del pasado como John Travolta para hacer más efectiva la experiencia. El resultado, por muy brutal y sangrienta que sea la historia de Pulp Fiction, está matizado por una pátina de tierna nostalgia. Si Stars Wars e Indiana Jones apelaban a la memoria afectiva infantil de los baby boomer, todo en Pulp Fiction evoca la infancia de la X Generation: referencias a Grease, viejas series de dibujos animados de sábado por la mañana, rock surf, comida chatarra…

Star Wars, nostalgias de una galaxia muy lejana
Star Wars, nostalgias de una galaxia muy lejana

La siguiente década, Tarantino perfeccionaría su ejercicio nostálgico con el díptico titulado Kill Bill y, poco después, lo llevaría al extremo con Grindhouse.

Star WarsIndiana Jones, Pulp Fiction o Kill Bill podían hurgar en la memoria emotiva de sus espectadores porque, al fin y al cabo, a pesar de los clubes de video, la nostalgia aún sobrevivía. Pero ahora que, según el viejo artículo de Rebolledo, se ha extinguido, ¿de dónde surge lo el poder evocativo?

The Force Awakens de J.J. Abrams quizás sea un buen ejemplo de cine post-nostálgico. Al hacer su segunda trilogía, Lucas evitó reciclar sus primeras tres cintas. En cambio, elaboró a partir de aquellas, todo un nuevo universo en el que pudiera verter sus preocupaciones de autor maduro, insertado en su tiempo y, al mismo tiempo, lúgubremente profético, pero progresista. La reacción de sus fanáticos fue rabiosamente adversa. Las nuevas entregas de la saga fueron criticadas impecablemente, acaso muy injustamente por una Pandilla de Lynch similar a la que atacó hace poco la nueva versión Ghostbusters, porque sus autores tuvieron “el atrevimiento” de darle el protagonismo a un reparto femenino. La nostalgia siempre es reaccionaria y neurótica. Para el reaccionario y el neurótico, todo tiempo pasado siempre fue mejor.

En la primera trilogía, Lucas explotaba la añoranza por las series cinematográficas de su infancia. The Force Awakens explota la añoranza de esa nostalgia. Nostalgia de la añoranza, si un sentimiento despierta en The Force Awakens, es el de la post-nostalgia.

The Force Awakens o el despertar de la post-nostalgia
The Force Awakens, el despertar de la post-nostalgia

Abrams se ganó su puesto al frente de The Force Awakens, gracias a sus primeros ejercicios de post-nostalgia, Star Trek y Super 8. Como en The Force Awakens, en Star Trek, Abrams invoca la añoranza de una nostalgia (la de la serie original y, aun, la de las películas más recientes); mientras que Super 8 es un filme-simulacro que actualiza temas, motivos y personajes del universo Spielbergiano y los sirve de un modo evocativo. Como la nueva versión de Star Trek y después The Force Awakens, Super 8 busca despertar la nostalgia por la nostalgia perdida de los films del director de E.T. Y es precisamente Super 8, el film que allana el camino a Stranger Things.

Mucho se ha hablado de las incontables referencias de Stranger Things, la teleserie de los hermanos Matt y Ross Duffer. Dirigida como una vieja película de Spielberg, escrita como una antigua novela de Stephen King, armada como una de esas tradicionales mantas estadounidenses hechas de retazos, como con incontables fragmentos de viejas cintas de VHS, de imagen inestable y vacilante sonido, se suele pasar por alto su influencia más importante: Super 8, el film de Abrams.

Super 8, de J.J. Abrams
Super 8, de J.J. Abrams
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Stranger Things, de los hermanos Duffe, parecidos razonables

Quienes se asoman al primer capítulo de la serie, enseguida descubren que no están allí para ver o escuchar una historia, sino para reconstruir un sentimiento perdido, el de la añoranza. Añoranza no de lo que vivimos, sino de lo que vimos cuando éramos niños. Nostalgia de las historias que nos contaron. Stranger Things no es la nostalgia de nuestra infancia, sino la nostalgia de su representación.

¿Crees que la nostalgia ha muerto? ¿O acaso sobrevive en los contenidos que consumimos con voracidad diariamente? ¿Cómo imaginas un futuro sin nostalgia? Déjame tu opinión en los comentarios.

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