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Desde allá, ensayo fílmico sobre el distanciamiento

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Para juzgar las últimas obras, sobre todo las del cine indepediente venezolano, el crítico Pablo Gamba ha acuñado una nueva clasificación: cine subestandar. Películas que no llegan a ser realmente películas y que no cumplen, no sólo con los estándares mínimos de calidad técnica, sino además artística.

Curiosamente, es fácil detectar este tipo de cine: la cámara nunca está puesta en su santo lugar, hay una profusión de escenas con personajes hablando por teléfonos celulares y escenas de conversaciones, con los personajes sentados en torno a una mesa, pero en las que el diálogo es sustituido por música, mucha sensibilidad televisiva, escenas de amor en cámara lenta, con música de saxofón… Pero la verdad es que todo esto es material para otro post.

Un poco como Gamba, yo siempre me he imaginado una línea horizontal que sirve de frontera entre lo que realmente puede considerarse una obra cinematográfica y lo que no es otra cosa que una simple película. En mi imaginación, Desde allá ha pasado ocupar el sitial más alto por encima de esa línea, en lo que a cine venezolano se refiere.

Enmarcado dentro de la tendencia moderna del cine de arte y ensayo donde menos es más, el film de Vigas cuenta una historia plena de tensión y suspense pero hace del distanciamiento una virtud.

Vigas invierte todo su esfuerzo en lograr este efecto: cero música extradiagética que pudiera subrayar las intenciones emocionales de una escena, o cero diálogos que expliquen intenciones o sentimientos de los personajes, cero movimientos injustificados que pongan en evidencia la existencia de una cámara. Cada toma está diseñada para lograr la tensión necesaria entre los personajes y su entorno, pero se mantiene abierta, equilibrada, sin movimientos virtuosos que pudieran develar tanto la existencia de una cámara como de un realizador.

La visión del director en Desde allá busca, básicamente, la aniquilación de esa misma visión para dejar un relato puro, sosteniéndose en sí mismo, sin querer empatizar con los espectadores ni muchos menos, lisonjearlos. No esperen después de su final —abierto a interpretaciones pero no menos devastador— la bobería de una musiquilla pop de los años 60 en los créditos finales para animarle la salida a los espectadores (cosa que además sería una traición a la película misma y una muestra de hipocresía o inseguridad por parte del realizador).

Es así, desnuda de artificios y segura de sí misma, cómo la trama se adentra en un territorio erizado de espinas. Lo que a una mirada superficial podría parecer una historia con trasfondo homosexual más, si uno pone de su parte y escarba un poco encontrará básicamente que el film dinamita uno de los mitos machistas que nuestro cine contribuyó a crear y que tanto daño ha hecho a la sociedad venezolana actual: el del malandro como rol model y epítome de la masculinidad venezolana.

Hace poco me contaba un espectador cuánto le había chocado la representación del malandro en esta película y enumeraba: flacos, débiles, sucios… Yo pudiera añadir “y humanos”, a su lista.

Luis Silva despoja al arquetipo de toda glamorización y, sin desprenderlo de su amenaza y violencia, lo dota de humanidad suficiente para distanciarlo de malandros heróicos como Cyrano Fernández o La Parca (de La Hora Cero) o de los truhanes secuestradores y violadores, pero risueños y de buen corazón, de Secuestro Express. El malandro de Luis Silva se acerca más a la representación humana de Solveig Hoogenstein en Macu, que a la mirada explotativa de José Ramón Novoa en Sicario. El malandrín de Luis Silva está más cerca de los jóvenes asesinos a sueldo de La Virgen de los Sicarios, aunque sin su sensiblería y ñoñez.

El gran Alfredo Castro compone, por su parte, un técnico dental devastado por la anhedonia ¿consecuencia de años de abuso sexual infantil? Sin capacidad para sentir placer alguno, todo en él es esquizoide: su necesidad de soledad y aislamiento, su incapacidad para comunicarse, sentir o establecer una relación de cualquier tipo, su adversión al contacto físico. Su punto de vista guía el relato, por lo que no es de extrañar el distanciamiento que impone el realizador a la película toda, así como tampoco es de extrañar un título que grita distancia en su mirada: Desde allá.

Si la película nos parece desprovista de alma es porque se narra a través del punto de vista de un personaje desalmado. He allí un riesgo creativo como pocos.

La coherencia y continuidad entre la visión del director, el punto de vista del personaje y las elecciones estéticas (composición, emplazamiento de cámara, ausencia de música extradiagética y de movimientos de cámara, economía de diálogos, el ritmo desapasionado del montaje, la poca profundidad de campo de distancia figuras del fondo y hasta la elección del título) para transmitir la interioridad de un personaje distante, incapaz de sentir, acercarse, establecer una relación o simple contacto físico, es lo que eleva a Desde allá por encima de una simple película.

Pretender que su triunfo en festivales de cine, empezando por Venecia, responde a una fórmula festivalera es, cuando menos, un juicio apresurado y superficial. La crítica internacional ha respaldado esta rara avis: una ópera prima que al mismo tiempo, es una obra madura de su realizador.

La cinta de Vigas no sólo ha terminado por poner nuestra cinematografía en el panorama del cine mundial —algo que, con suerte, pudiera consolidar en el Oscar—, sino que además es la mejor muestra de que nuestro cine ha alcanzado una madurez plena y se ha despojado de la inseguridad adolescente que le lleva a buscar el reconocimiento del público. Desde allá es un cine adulto que no rehuye de riesgos y no teme transitar por el medio de la calle, sin preocuparse por las consecuencias de su atrevimiento artístico.

Es, finalmente, la mejor muestra de la buena salud del cine narrativo venezolano.

Desde allá se exhibe actualmente en las salas de cine de Venezuela.