¿Qué está pasando con el cine venezolano?

El último Cuerpo, de Carlos Daniel Malavé

El último Cuerpo, de Carlos Daniel Malavé

Rodrigo Llamozas, una de las cabezas de la nueva empresa de promoción cinematográfica Cameo, hace pública una preocupación que desde hace semanas se comenta en el mundo del cine venezolano: el abrupto, pronunciado descenso en la asistencia del público a los cuatro últimos estrenos nacionales (Samuel, El Último Cuerpo, Cortos Interruptus y Reverón).

Aunque en el caso de la cinta de Diego Rísquez acaso sea prematuro hablar de taquilla (no tiene una semana en cartelera), y en el de Samuel quizás no venga a cuento por la naturaleza de la película; la discusión puede resultar pertinente en el caso de El último Cuerpo, de Carlos Malavé: estrenada con 25 copias, dos semanas después está a punto de salir de cartelera de las salas de cine de la capital. La que parecía una apuesta comercial segura, al final resultó que no lo era tanto.

Llamozas pregunta en su perfil de Facebook:

REVERON abrió con unos 4.888 espectadores en su primer fin de semana, número nada alentador. ¿Qué sucedió? ¿Mala promoción? ¿Competencia muy dura? ¿No interesa el tema? ¿Nadie sabe quién era Reverón? ¿No gustó la película? ¿Se acabó la “moda” de ver Cine Venezolano? Se escuchan opiniones.

A continuación, dejaré mis respuestas. Aclaro que son basadas en meras observaciones, no son más que opiniones, empíricas. Simples hipótesis. Tampoco se trata de críticas. Son reflexiones atropelladas, formuladas a la ligera, hechas a la carrera. Pero aquí van.

¿Qué sucedió?

Póster de Amorcito corazón, de Carmen Roa

Me da la impresión de que existe un ciclo anual en los estrenos del cine nacional. Un período que termina cuando los exhibidores cumplen con su cuota obligatoria de estrenos criollos. Las películas que quedan por fuera, o no se estrenan o se estrenan marginalmente. En ese hiato, puede que no haya cintas venezolanas en cartelera por unas cuantas semanas. Cuando no, meses. El período se reinicia a principios del año siguiente. Y es siempre lento. De poca afluencia de público. Quizás muchos no recuerdan que lo que los medios tradicionales llaman “el mejor año del cine nacional”, se inició con Amorcito Corazón, de Carmen Roa y Des-Autorizados, de Elia Schneider, dos películas que obtuvieron poco respaldo del público. Y que, entonces, despertaron preocupaciones similares a las actuales. El ciclo luego alcanzó su pico de asistencia con el estreno de Hermano, La Hora Cero, Cheila.

El ciclo del año pasado concluyó con El Chico que Miente, de Marité Ugás —estrenada cuando La Hora Cero, de Diego Velasco, no salía de cartelera— y el del 2011 se abrió con Samuel, a la que se han sumado, casi enseguida, El Último Cuerpo y Reverón, cuando aún el ciclo de este año apenas calienta motores.

También es una cuestión de timing. Hay películas que deben ser estrenadas cuando deben estrenarse. Las navideñas o de corte familiar, pues en Navidad. La Semana Santa es una buena época del año para lo que los españoles llaman el peplum (o, en todo caso, para nuestro peplum criollo: las películas históricas de la Villa). Y las vacaciones, para las cintas de acción, como El Último Cuerpo. Como quiera que ya el público ve el cine nacional como un hecho colectivo, y que ninguna película es una isla, lo que se impone ahora es el diseño colectivo de nuestros estrenos. Falta que los exhibidores locales lo permitan.

¿Competencia muy dura?

Si algo demostró la temporada vacacional del año pasado, es que el cine venezolano puede medirse de tú a tú con los blockbusters gringos. A tal punto de que quizás este año no haya películas criollas en esa temporada para no hacerle sombra a los estrenos de Hollywood, como sucedió en las vacaciones del año pasado.

¿Se acabó la “moda” de ver Cine Venezolano?

No puede acabarse algo que no ha comenzado. Que no existe. El público venezolano siempre ha visto cine nacional. Cuando no en salas, en TV, en DVD, en quemaítos. La tendencia que quiere una moda del cine nacional, se generó el año pasado cuando los medios tradicionales, ante el empuje de las redes sociales —léase: el empuje de la libre opinión de los espectadores en las redes sociales y medios alternativos—, se vieron obligados a cambiar la imagen negativa que hasta entonces habían vendido de las películas hechas en casa. Tengo la sensación de que el 2010 no fue un mejor año que el 2008, por ejemplo. Pero entonces, aún persistía la imagen negativa del cine nacional en los medios.

A comienzos de este año, publicamos un largo artículo sobre el asunto, sobre el final del prejuicio.

¿Mala promoción?

El Chico que Miente, de Marité Ugás

El Chico que Miente, de Marité Ugás

No sé si mala. Pero en todo caso, confusa. Creo que en estos tiempos de redes sociales, interconexión y flujos de información en tiempo real, hay que vender la película como lo que es, desechar la vieja, obsoleta práctica de tratar de meterle gato por liebre al espectador. De otro modo, a la salida de la película echará mano de su teléfono inteligente y dirá a los cuatro vientos que ha sido engañado.

No digo que en alguno de los estrenos se haya tratado de engañar al espectador. Pero, puede que de forma inconsciente, se hayan enviado señales confusas, contradictorias, prestas a una mala interpretación. Noto una falta de definición. ¿Se trata de una película o de una recopilación de cortos? ¿Es la biografía fílmica de un oscuro periodista de sucesos maracucho o no?

La inmensa mayoría de los espectadores no tiene otra fuente de información sobre una película que su trailer y su afiche. Sólo en esas dos cosas basan su decisión de verla o no. A lo que se suman las redes, ahora. Puede que haya algunos que chequeen Twitter antes de comprar su entrada.

Cuando elaboramos el trailer de El Chico que Miente, en un principio pensé que era una buena idea “aliñar” el asunto para que pareciera la película que no era. Al cabo de dos meses e incontables peleas, prevaleció la idea contraria: vender la película como lo que era. Punto. Cerca de 150 mil espectadores después, no me cabe duda de que fue la mejor decisión. Lección: que tu trailer sea claro, sin ambigüedades, que venda la película que es.

Ya lo he escrito más arriba, ninguna película es una isla —con respecto a otras películas, pro también con respecto al contexto en el que se estrena. Parte del éxito de El Chico que Miente también se le debe al contexto. La película se estrenó justo en medio, o poco después, de una tragedia nacional que comienza a hacerse cotidiana. El Chico llegó en medio de aguaceros, aludes, inundaciones, derrumbes, damnificados que perdían sus hogares, carpas, refugios temporales. Justo el tema que trataba la cinta. Lección: que tu película toque un tema de actualidad. Un tema además que sea un nervio cultural nacional: el problema de la vivienda. Lección: que tu película toque un nervio cultural, pues nunca perderá vigencia. O, al menos, casi nunca.

Allí está el ejemplo de La Hora Cero, una cinta de acción que hurga en uno de nuestro eternos nervios expuestos: la crisis hospitalaria y asistencial venezolana. ¿Resultado? La película más taquillera de la década,

De cara a los medios tradicionales, tu película también debe ser un hecho noticioso. Los periodistas de la fuente, los blogueros y los reseñistas de Facebook, adoran escribir sobre una película que es noticia y nada les aburre tanto como tener que hacer una nota sobre una cinta calichosa. El premio de Hermano en Moscú, la selección de El Chico en Berlín.

La promoción de Samuel quizás demuestre otra de las cosas que no se deben hacer a la hora de promocionar una película: afincarse en el bajo presupuesto. Me da la impresión de que el espectador venezolano percibe ese tipo de campaña de forma negativa. No le gusta pagar un montón de dinero —ir al cine es caro— para ver algo barato. De hecho, creo que lo percibe sin que se lo digan. Puede que eso haya pasado con El Último Cuerpo, cuya factura técnica parecía estar por debajo de la de Las Caras del Diablo, a pesar de tener mayor presupuesto.

Usar el bajo presupuesto como gancho publicitario no garantiza de por sí el éxito. Lo que sí despierta el interés, sobre todo el interés de los medios, es una buena historia como trasfondo del rodaje. Lo que vendió a El Mariachi no fue su exiguo presupuesto, sino que su productor-guionista-director, se prestó como conejillo de indias para conseguir cinco mil dólares para rodar.

¿Nadie sabe quién era Reverón?

Reverón es una película de nicho, dirigida a una generación que vivió al pintor como un hecho cotidiano. Un nicho cuya edad promedio debe estar por encima de los 60 años y que no suele ir con mucha frecuencia al cine.

Puede que hoy nadie sepa quién es o fue, Reverón. Pero eso, que se le critica como su mayor debilidad, puede revertirse fácilmente y convertirse en su mejor virtud. Bastaría el explotar el lado didáctico de la cinta. Todo lo que tiene que hacer el equipo de la cinta, es visitar instituciones educativas e invitar a los estudiantes a ir al cine, a conocer a uno de nuestros más importantes artistas plásticos.

¿No interesa el tema?

En el foro del pasado sábado, Rísquez hizo una exposición de la figura de Reverón que me resultó tremendamente didáctica y atractiva. Estoy seguro que muchos de los asistentes, después de ver la película y escuchar su exposición, quedaron con ganas de investigar sobre la figura del pintor. Y no me queda la menor duda que muchos estudiantes se interesarían por Reverón si Diego hiciese lo mismo en un salón de clases.

Claro que sí. El tema puede interesarle a mucha gente. Sólo habría que ir a buscar ese público allá donde esté.

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